HA MUERTO UN CAHUELCHE

Peuque, Chiloé, Chile

Cahuelche 

del mapudungun kawel: «delfín» y che: «persona»

Al sur de Chile, donde el continente se quiebra en trozos, está el archipiélago de Chiloé con su isla grande (la segunda de mayor extensión de Suramérica después de la Isla grande de Tierra del Fuego, al sur del sur) En la mitología chilota, el Cahuelche es una criatura acuática mágica, su apariencia es casi idéntica a la del delfín chileno o tonina, según quienes saben, nadie podría diferenciar a uno y otro.

Cuentan las antiguas historias, que el Cahuelche fue un hombre en aquellos tiempos originarios de la lucha mítica entre las serpientes Trengtreng Filu y Kaykay Filu, la primera dueña y señora de la tierra y la segunda de las aguas.  

Cahuelche, como tantos otros humanos estaba por ahogarse en la gran inundación que produjo KayKay, pero fue salvado por Trengtreng y transformado en una tonina mágica, que tras la gran lucha se convertiría en compañía y ayudante de la Huenchur, otro ser mágico ocupado del curso de los vientos y las mareas en el archipiélago y que, dicen, suele tener la apariencia de una machi o medica tradicional del mundo mapuche.

Ya que la Huenchur tiene prohibido hablar con los humanos, cuando desea comunicarles sobre las tempestades y marejadas o decirles que se aproxima el buen tiempo, agita el viento en los acantilados o, lo sopla desde el sur, o lo hace vibrar en las alturas de los cerros o, en ocasiones, envía a su ayudante el Cahuelche para que se acerque a las costas y emita un sonido singular que los humanos de las islas del sur consiguen interpretar y, entonces saben que alguien de la comunidad morirá, que se acerca el temporal, o que está por atracar el Cahuelche, aquel mítico barco fantasma que navega por el mar interior del archipiélago.

*** 21 de julio de 2019 ***

En Peuque, en la Península de Rilán de la Isla Grande de Chiloé, hay un delfín varado en la playa, su muerte debió suceder hace varios días ya. Podría tratarse de un delfín austral, un Lagenorhynchus australis pero, “su aleta dorsal es ligeramente redondeada” ha dicho el científico Robert Brownell, asesor del Centro de Conservación Cetácea (CCC) al ver algunas de mis fotos. Está ya tan descompuesto, que su identificación es difícil, pero, guiados por la forma de la aleta dorsal el CCC y su asesor sugieren que ha de ser un Delfín Chileno, una tonina negra.

En las aguas del Pacífico, desde Valparaiso hasta el estrecho de Magallanes, viven pequeños delfines, los más pequeños identificados hasta ahora. 

Cuerpo corto y rechoncho. Aletas pectorales ovaladas y aleta dorsal redondeada. Piel oscura, a excepción de una gran mancha blanca que se dibuja en su vientre, desde el hocico hasta el ano.

Del delfín chileno, popularmente llamado tonina, o delfín negro, se sabe poco. Cuentan que  vive en grupos de entre 2 y 15 individuos, aunque han sido vistos hasta 400 delfines juntos.  Dicen que son tímidos, y que no suelen acercarse a las embarcaciones. 

Sus días, dicen, suelen pasar en aguas poco profundas junto a las costas, en áreas serenas en las bahías y en las desembocaduras de los ríos.

 

Los entendidos dicen que los delfines chilenos son pocos y que su existencia puede estar amenazada.  En los años 70s los pescadores de centolla –el crustáceo patagónico que vive en los gélidos lechos marinos del sur del continente– usaban los delfines chilenos (además de lobos marinos y peces) como carnada; en la actualidad, gracias a la comunidad científica y ambientalistas, la practica está prohibida.

Ahora, las amenazas son otras. En el norte del litoral chileno la alta contaminación de los ríos producto de la minería intensiva; en el sur, en Chiloé y otros sectores, las granjas de cultivo de salmones y crustáceos instalan sus mallas y jaulas en los mismos sectores donde hace su vida el delfín, sus movimientos quedan restringidos y las redes anti lobo marino, instalados por la misma polémica y oscura industria salmonera, mata lobos y mata delfines.  Todo para proteger los salmones que crecen hacinados y atestados de antibióticos en jaulas  para después ir rumbo a  Estados Unidos, Japón, Brasil, Rusia y China.  Allá salmón en la mesa, en el Pacífico sur: el brote del virus ISA de hace algunos años provocado por el hacinamiento de salmones, miles de toneladas de salmón muerto arrojadas al mar,  Marea Roja, en el sur lobos muertos, delfines muertos. 

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La acción del tiempo, el sol, la lluvia, la marea y los carroñeros fueron transformando el cuerpo del delfín tendido en la playa frente a mi cámara que lo acompañó durante cuatro semanas entre julio y agosto de 2019. 

 

Cada día que fui a visitar al delfín, lo observaba y me sabía observada por los jotes.  Cuando arribaba yo a la playa, los jotes permanecían posados en los arboles cercanos, vigilantes, con el ojo atento sobre su festín y sobre mis movimientos.

 

Al fotografiar al delfín, sentía un profundo pudor y, espontáneamente, me encontré moviéndome como si caminara sobre una superficie frágil, a punto de quebrarse. Recuerdo moverme igual cuando era niña y entraba a una enorme e intimidante iglesia católica o estaba en presencia de un enfermo o un muerto guardado dentro de un cajón: había aprendido como tantos, a bajar la voz, a no reír, a mostrar –real o actuada– una actitud de recogimiento, casi de pena en estos lugares y circunstancias. Frente al delfín también guardaba silencio y me negaba a pasar por encima de su cuerpo, solía rodearlo caminando lento, sin hacer ruido, como si temiera despertarlo.

En aquellas visitas aprendí a observar las mareas, a oler el mar y tratar de verlo obviando los numerosos cultivos de chorito (un molusco) que pululan por la costa chilota.  Yendo a visitar al delfín día a día, viendo sus huesos sacudidos por el mar, o desperdigados por la acción de los jotes, mirando la caja torácica mecida por las olas, o la parte posterior del cráneo entre piedras y conchas, me encontraba imaginando que podría tratarse de un hombre, de los restos de una mujer, de alguna de aquellas 400 o 500 personas que, durante la dictadura de Pinochet los agentes del Estado ataron a rieles de tren y lanzaron al mar esperando que el fondo desconocido se los tragara de un bocado, que se tragara sus crímenes y no escupiera a la superficie, a las playas, ninguna evidencia, esperando torpemente que el mar lavara la memoria.

Tendida en la arena miraba los huesos del delfín a través del lente 50mm emplazado en mi cámara y entonces pensaba que, visto así, encuadrada solo una pequeña parte de la osamenta, podría tratarse de alguno de los que también lanzaron desde esos mismos “vuelos de la muerte” en el mar argentino, como indicaba el macabro manual de la Escuela de las Américas.

Miraba esas costillas y pensaba que podría ser uno de los incontables cuerpos de gente que han lanzado a los ríos durante nuestras largas guerras en Colombia. Más que cualquier otro grupo armado, los paramilitares en Colombia son quienes de manera sistemática han lanzado gente a los ríos: los torturaron, los señalaron como auxiliadores de sus enemigos, manipularon los cuerpos con sevicia para que, como aquellas personas chilenas y argentinas se los comiera el agua, llegaran al mar y nunca más hubiera un rastro que seguir.

En Colombia los lanzaron al río Magdalena, al Cauca, al Catatumbo, a La Miel, al Nare. Los lanzaron al río San Juan, al Táchira, al Guamuez, al Pamplonita, al Putumayo, los tiraron al río Negro, al Zulia, al Tarra, al Naya, al Atrato, al Patía, al Boyacá, al río Arauca, al Orteguaza, al Lebrija, al Guarinó, al Pensilvania, al Guejar, al Muco, al Medellín, muertos al río Yucao, al San Jorge y al Yucaito, al Sinú, al Sumapaz, al Suarez, al Cararé y al Ponce.

(Fuente: Ríos de Vida y Muerte, investigación de periodistas de Rutas del Conflicto y de Consejo de Redacción)

Según los equipos investigadores del Centro Nacional de Memoria histórica (CNMH), en Colombia hay unos 6 mil 665 desaparecidos en los municipios ribereños, muertos que deben reposar en los lechos barrosos de aquellos ríos. De esas personas, se han logrado recuperar unos 190 cuerpos, algunos fueron rescatados valientemente por comunidades que, a pesar del miedo y la prohibición de los armados, sacaron esos cuerpos sin nombre, los enterraron y los hicieron suyos dándole dignidad a su muerte, la memoria ahora debe darle dignidad a sus vidas.

Los 6.665 que no regresaron a casa en los municipios ribereños engrosan la cifra total documentada de 85.000 personas dadas por desaparecidas en Colombia en el marco del conflicto armado

Cifras del CNMH (Centro Nacional de Memoria Histórica) y UBDP (Unidad de Búsqueda de personas dadas por desaparecidas)

Hay muertos también arrojados a los ríos yugoslavos y los sudafricanos, muertos bajo las aguas dulces y saladas en tantos rincones del mundo.  Muertos procedentes de Oriente Medio y África escupidos por el mar Egeo y el Mediterráneo, muertos que vivos eran más que migrantes, huidos, buscadores de asilo y de futuro.

Veo el delfín y pienso en esos muertos, en los vivos que aún los buscan, que los esperan, que los lamentan, que los recuerdan. Veo al delfín varado en la playa de Peuque y, pienso que a lo mejor sí se trata del Calhueche, que solo en apariencia es un delfín chileno, que en realidad es un hombre muerto tendido en la orilla del mar interior chilote.

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© by Ana Karina Delgado.