• El pez que camina

MI ABUELO TIGRE

Updated: Apr 15, 2018



Si pudiera, le preguntaría al tigre, porque él, que conoce todos los secretos, también debe tener su versión sobre mi historia. Pero no puedo. Nunca pude hablar con uno, aunque intenté. Ni siquiera lo conseguí con mi abuelo, el que se convertía en ese tigre enorme y elástico para salir de cacería al monte. No hablé con ninguno, ni con ese, ni con el otro tigre, quien para el momento de nuestro encuentro, estaba a solo segundos de ser difunto.

Aunque era el nieto de Pandehumo, un chamán grande como hubo pocos, yo terminé de criarme lejos de su maloca. A la hacienda del patrón llegué siendo un niño no más, un niño que sabía pescar pirañas sin caña ni red y seguir el rastro incierto de la guara, pero que no conocía una sola palabra del español. Allí me crié y me civilizaron, como decían ellos. Crecí cuidando el ganado, ordeñando, cocinando. Aprendí a hacer el arroz con leche, la carne sudada, todo. Pero aunque me trataban como a un hijo y me enseñaron a hablar así de bien como me oyen, ese lugar no me quería, y quien me lo hacía saber era Centinela, sus ojos se volvían candela viva cuando alcazaba a sentir mi olor indio. Así pasó aquel día, sus ojos se encendieron y del cielo llovió sopa.


Llevaba horas cocinando y luego sirviendo para todos esos niños y los señores –pero sin cansarme, porque en esa época nunca me cansaba– y cuando iba yo caminando tan derechito como podía llevando dos fuente hondas de sopa, mis ojos se cruzaron con los suyos, y supe que estaba por traicionarme. Con la primer embestida, la cadena se rompió como si fuera solo un bejuco y ya libre, Centinela corrió sin dejar de mirarme. Yo hice volar los platos por los aires y me giré para emprender la huida pero para entonces el maldito estaba a una zancada de alcanzarme. La sopa caía como cascada encima de la señora cuando los dientes de Centinela se clavaron en mi nalga y el sonido de los platos quebrándose contra el piso no alcanzó a silenciar mi grito furioso. Y aunque dijeran otra cosa por ahí, a mí no me echaron, de la hacienda me fui por voluntad propia porque sabía bien que Centinela no iba a dejarme tranquilo y, en el fondo sabía también, que al final o él me mataba o lo mataba yo a él, y eso de matar perros, trae muy mala fortuna. Así que me fui huyéndole a la mala suerte, sin saber que ella ya tenía su mano tendida sobre mí desde hacía mucho. Volví a mi familia y a la maloca grande del abuelo Pandehumo.

Después de la hacienda me puse a cazar, le dije a mi papá: consigamos escopeta y vamos al centro del monte. Las escopetas entonces eran caras, todavía son, pero mi papá encontró la manera de comprar una y con ella echábamos a andar lejos del pueblo. Matábamos borugo, guara, venado, cerillo y, luego vendíamos en el pueblo y en Leticia. 20 centavos, 30 centavos por libra. Yo todavía guardo centavos de esos, mi hijo un día quería tirarlos, pero no, son los recuerdos de mi juventud, los gané cuando más fuerte era y merezco tenerlos conmigo.

Aunque quise mucho esa escopeta que terminó siendo mía y después fue por un tiempo de mi hijo el que quedó vivo, no el bobo, sino el otro, yo aprendí a cazar con otras armas mucho antes, con mi abuelo. Pandehumo era un hombre corto, cuando me acuerdo de él se me cruza por la cabeza la figura del marciano aquel de la película que miré un día: pequeñito, regordete y con los brazos extrañamente largos. Parecía inofensivo, pero Pandehumo era un chamán de temer por aquí. Él lo sabía todo sobre el monte. Cuando era joven, se había internado mucho tiempo allí, para que la selva, con su voz húmeda y ardiente, le susurrara sus secretos. El abuelo entonces conoció a los dueños de todo, porque cada uno de los animales, los árboles y los salados, en la selva son propiedad de los espíritus, y a ellos hay que saber pedirles permiso para llevarse sus cosas.

Antes de que me mandaran a la hacienda, Pandehumo ya me había enseñado a hacer volar las flechas sin que silbaran al rasgar el aire. Me obligaba a pasar dos días con sus noches a su lado viendo cómo se cocinaba el curaré, pintábamos las puntas de las flechas con ese veneno y luego salíamos a escupirlas con una cerbatana tan larga que casi no podía yo sostenerla: puf, caían uno, puf puf, dos churucos y los otros de la manada seguían aullando de rama en rama sin reparar en sus muertos.

Pandehumo era bueno conmigo, me enseñaba los árboles donde vivían los espíritus y entre su humo negro de tabaco, me cuchicheaba en la nuca palabras que yo no conocía pero que olían a helechos y a pelo de cerrillo. Una vez, a escondidas de mi mamá, me llevó en medio de la noche rumbo a la selva, dijo que me convertiría en chamán. No conseguimos ir muy lejos antes de que mi mamá enfurecida llegara a nuestro encuentro. Con los ojos clavados en el suelo, porque mirarlo habría sido un desafío, le dijo al abuelo que no, que yo no sería como él. Después de esa noche, tras pocas semanas, vino mi historia con la hacienda y con Centinela.

Hay sueño bueno de soñar y sueño malo, sueño muy malo, decía Pandehumo en un español pastoso que le enseñaron los curas y que yo solo vine a entender después de mucho andar entre los blancos. Para un cazador, según decía Pandehumo, entendérselas con los sueños es una tarea que se va a emprendiendo con el pasar de las lunas. Soñar con muchos soldados, por ejemplo un batallón entero, es bueno, al día siguiente se mete uno en el monte y ve clarito el camino de la guara, y ahí seguro la mata. Soñar mujer es a veces bueno, y a veces malo. Pero los sueños se repiten y entonces uno va conociendo a esa mujer, va sabiendo si tiene o no buen espíritu: si después de soñarla, el cazador va al monte y no trae nada, era mal espíritu, ya la próxima vez que aparezca en sueños, así este toda untada de barro que lo hace pensar a uno en un puerco de monte, no, el cazador no sale, ya sabe que es mal sueño. Pero si sueña un motelo o una culebra, sabe siempre que es malo, sabe que si va al monte caminará horas, días, siguiendo un rastro engañoso, con hambre y sin cazar ningún animal.

De ese asunto de los sueños hablaba mucho Pandehumo, pero ya no conmigo, porque nunca volvió a dirigirme sus palabras desde ese día que mi mamá impidió que él me robará para hacerme chamán. Decía que los sueños saben cosas y solo el necio es capaz de ignorarlos. Yo, acurrucado en un rincón, escuchaba mientras él conversaba con otros abuelos. A veces, muchas veces, me escondí para vigilar su sueño. Lo miraba tendido en la hamaca: un pie conectando con la tierra y el otro arriba, recogido; los brazos cruzados sobre la barriga, y los ojos ligeramente abiertos. Lo vigilaba porque había escuchado cosas. Decían que Pandehumo cuando dormía se convertía en boa, en oso hormiguero, en árbol. Aun cuando lo observé durante mucho tiempo, por esos días nunca lo vi ser más que ese abuelo casi enano y barrigón. Pero fue después, cuando estaba yo distraído que lo vi, vi que mi abuelo era un tigre.

Fue en mitad de la tarde. En la maloca no había nadie más que él tendido en su hamaca. Yo venía de la chagra y me senté en una piedra fuera de la maloca, traía unas yucas que tiré al suelo y me quedé mirando los dibujos que el sudor que se escurría de mi cara hacía en la tierra. Un ruido espantoso, como un bramido atronador, llamó mi atención y miré hacia la hamaca, alcanzaba a ver el pie de Pandehumo conectado con la tierra. Hasta hacía solo un segundo, la hamaca se mecía suavemente de lado a lado, pero de repente, el pie en tierra hizo un movimiento fuerte y la hamaca dio un giro completo sobre sí misma, como un trompo y, mientras todavía se movía, vi salir de entre las fibras una garra robusta y pesada y, a continuación el cuerpo pardo pintado de un tigre mariposo que, sin prisa, fue alejándose a zancadas de la maloca, hasta que se perdió entre el monte. Yo permanecí sentado como una estatua mirando en la dirección en que Pandehumo se había alejado. Con el rabillo del ojo, veía la hamaca, que seguía moviéndose perezosamente, pero ya no se veía ningún pie. Después de casi tres horas, las rodillas me aguijoneaban, pero yo permanecía en mi lugar, vigilante, hasta que una vez más el rugido se escuchó y la hamaca volvió a girar con fuerza. Frente a mí, el pie volvió a posarse en la tierra como si solo hubiera estado recogido sobre la barriga. Corrí hasta allí y vi a Pandehumo hundido en la hamaca desperezándose, le hablé pero, igual que siempre, hizo como si voz no sonara. Sin mirarme gritó el nombre de alguno de sus hijos y le indicó un punto específico en la selva, dijo que fuera a recoger la caza que él había dejado. Yo seguí allí, frente a Pandehumo, hasta que los hombres volvieron con las borugas y el churuco que el tigre había dejado justo donde el abuelo acababa de indicar.

Muchos años después, se dio mi segundo encuentro con el tigre. Justo antes de verlo, tuve uno de aquellos sueños. Soñé que por el monte tupido caminaba un cura con su sotana larga y negrísima, andaba volando sobre las matas y la tierra húmeda. Se veía como un santito. Era de madrugada cuando desperté bañado en sudor, recuerdo haberme escuchado diciendo: dios mío, ¿qué animal es ese? Me puse las botas, cogí la escopeta con mi único cartucho y salí rumbo al monte.

Caminé muchas horas hasta que llegué ahí a donde yo sabía que tenía que llegar, me eché en el suelo contra un árbol grande y clavé mis ojos en el mismo lugar que veía mi escopeta. No tarde mucho en ver, allá en el fondo, al frente de un arroyo, una mariposa grande y pesada que se elevaba un poco y caía al suelo, se levantaba y bajaba: fiuu, pum, fiuu, pum. Yo estaba embelesado mirando el subir y bajar, cuando descubrí que más atrás se levantaba la cadera ancha de un animal. Junto al arroyo había un lomita pequeña, ahí estaba él echado con la cabeza frente al agua y la cola hacia mí. Me acomodé para mirar mejor y vi que la mariposa no era más que la punta negra del rabo del tigre que se elevaba mientras él dormitaba. Me quedé quietecito. Pensé en ir hacia él, en retroceder y huir pero, antes de que yo terminara de decidir, la cabeza enorme se giró de golpe hacia mí y pude ver los huecos negros de su hocico ensanchándose, como Centinela, había sentido mi olor indio. Ahí estaba yo parado con mi escopeta, mirando esos ojos fuego que me devolvían la mirada. El animal saltó en dirección a mí y yo pensé: echo plomo o me muero. ¡Pum! Le di entre dos costillas. Cayó y reculando se quedó detrás de un palo grande. Yo seguí ahí quieto, pensando que si conseguía moverse otra vez, ganaba él, porque yo no tenía más cartuchos. Era gigantesco, todo músculo era ese tigre mariposo. Yo seguí mirándolo y pude ver cuando se apagaron sus ojos y se quedó así, como yo lo había encontrado, tendido junto al arroyo. Hasta ahí llegó la vida del tigre, hasta que se topó conmigo. Lo dejé y eché a andar de regreso a casa. Ese cura que volaba había sido un muy mal sueño, después de matar a ese tigre solo podían venir días de mala suerte para un cazador como yo. Y lo que llegó con el tiempo fue hambre y pobreza.

No cazaba nada, no conseguía pescar. La escopeta se deslizaba de mi mano como si estuviera hecha del cuero baboso de una culebra, mis flechas no despegaban y si lo hacían, en pleno vuelo se quebraban como si fueran ramitas frágiles. Mi mujer se fue y me dejó solo. Yo, buscando otro camino, sembré en la chagra, compré pollos y ovejos, pero en una sola noche un monstruo amarillo, como dijo la muchacha que lo vió, se comió todo y destruyó el sembrado de plátano y de yuca. No quedó nada. Después de eso, por líos de tierras un hijo mío, ambicioso como un blanco, terminó matando al otro, al que había nacido bobo pero con buen corazón. Y así me quedé sin nada: sin chagra, sin caza, sin mujer, sin hijos, porque el que quedó vivo ya no es hijo mío, ojalá esté muerto o pudriéndose en un pantano brasileño.


Ahora, puesto a pensar en medio de mi soledad, creo que todo fue culpa de ese tigre, o más bien culpa mía, por matar a ese tigre que solo estaba esperando por mí. Si entonces hubiera podido hablar con él, le habría preguntado si se trataba del mismísimo Pandehumo, si una vez más era él tratando de invitarme a conocer los misterios de la selva y los espíritus.

Siendo ya este hombre viejo y cansado, no necesito preguntar nada. Estoy seguro que, sin saberlo, maté a Pandehumo tigre quien después vino desde el lado oculto a acabar conmigo por haber despreciado dos veces la oportunidad de ser como él: el hombre árbol, el hombre boa, el hombre oso, el hombre tigre.

© by Ana Karina Delgado.