• El pez que camina

EL MUDITO

Updated: Aug 25



Hay unos que al morir consiguen hacer tanto ruido que el mundo se alborota y hasta los árboles caídos en el monte se levantan; los pájaros, entre tristes e indignados dejan de trinar, y las gentes se hacen ciegas de tanto llorar y enrabiarse. Nosotros no. Nosotros morimos siempre en silencio. Quedan nuestros cuerpos tirados y en la tierra todo sigue tal cual. Nada enmudece, nada grita, nadie se espanta o se pone en pie. En eso pensaba yo cuando los vi bajar en esa canoa pequeñita que de tanto peso venía como perro en el río: con solo un trozo fuera del agua. Desde la playa la vemos avanzar gorda y lenta. Los pasajeros vienen inmóviles, como si lo que trajera la canoa fueran los santitos de una iglesia, congelados en un gesto: una mano sobre un hombro, la cabeza desgonzada sobre el pecho, la espalda encorvada hasta casi juntar frente con rodillas, unas manos descansando en la cima de una barriga, un mentón como flecha apuntando al cielo. Entre los demás, de repente la veo. Doña Ruda, que así le decimos porque usa esa planta pa' solucionar cualquiera problema, levanta su mano saliendo del letargo, la usa de visera y echa una ojeada larga a la playa, donde también nosotros debemos vernos como un grupo de santitos derritiéndose bajo el sol. Yo levanto mi brazo y lo muevo con fuerza, como quien agita una bandera blanca que espero que vean no solo los de la canoa, sino todos los que seguro nos miran agazapados en el monte.

Desde antier no pruebo bocado. En algún momento alguien echó a rodar de mano en mano una olla con plátano cocido, pero yo no atiné ni a mirar la comida. Café sí se me antojaba, pero mi cuerpo no quería más que sentir su tristeza por dentro. Intenté dos veces, pero cuando el pocillo rozaba mis labios, por el gaznate me subía una lava espesa y caliente que solo volvía a bajar si yo renunciaba al café. Antier, antes de todo esto, yo había estado harto contenta, a pesar del mal augurio que me traían los animales. Esa mañana yo ya había visto algunas de las gallinas, y había mirado también la mariposa, pero es que mi muchacho, el más pequeñito, de repente y sin que ya nadie le anduviera insistiendo, por fin volvió a dejarse oír. Dijo: –tengo hambre mamá. Y yo, que escuché clarito el sonido viniendo desde detrás de mi espalda, me quedé confundida pensando de quién sería esa voz. Al voltear a mirar, lo dijo otra vez, y yo me desmadejé llorando y apretándolo entre mis brazos, hasta que el niño se separó de mi cuerpo: –que tengo hambre, mamá. Yo le di mazamorra, plátano, arroz, y hasta pescadito que había por ahí. Era mucha la alegría por volver a escuchar a mi niño que no hablaba desde ese día que de puro feo recuerdo como si fuera noche. Ese día en que vinieron y sin mediar palabra dejaron la sangre de mi marido y los vecinos regada en el suelo. Aun así, con tanta alegría, no debí olvidarme de las gallinas, ni de la mariposa aquella que vino a anunciar mi siguiente luto.

Se acerca despacio la canoa, como queriendo no llegar pero, seguro que Doña Ruda y los demás sí quieren, necesitan desembarcar; alejarse del río que, aunque es siempre camino, siempre despensa, a veces, es nada más que trampa, encerrona, y hasta cementerio. Si después de tantas horas que vienen navegando lograron regresar –¡gracias a Dios!– es porque “los mandones” silenciosamente se lo permitieron, porque si ellos no hubieran querido, Doña Ruda y los demás no habrían podido salir de su rancho para buscar a sus hijos.

No son solo los nuestros, fueron varios más. Unos ya estarán navegando como troncos camino al mar, dos se perdieron entre el monte y tres quedaron en las raíces de unos palos grandes. Según nos dejaron dicho los que hicieron eso, vienen bajando, como siguiendo nuestra misma ruta por el río. Ahora que el pueblo ya está frente a nosotros, pienso que alguien tendría que ir prendiendo el fuego en mi casa. Hay que traer unos plátanos y unas yucas pa’ alimentar a la gente, aunque seguro no vendrán más que aquellos que esperan en la playa. Si aguzo la mirada, alcanzo a ver al hijo grande de don Ciro; veo a la mujer de don Rogelio con su muchacho; veo dos hombres y sus bestias; veo al curita, siempre tan bien parado, que agita su mano como quien saluda. A mi comadre no, por más que aprieto los ojos y miro, no la veo ni a ella ni al compadre. A lo mejor está con mis niños prendiendo el fogón. Va a hacer falta carne pa’ atender a la gente, porque con las gallinas ya no cuento, si es que queda alguna viva, yo misma la voy a matar y la voy a dejar en la playa pa’ los gallinazos. Todavía me pregunto por qué ni siquiera hice alguna limpia con ruda después de ver esas pobres tiradas en el suelo: una, dos, cuatro, cinco gallinas alcancé a contar muertas sin marca de animal alguno. ¡Mal augurio! Arrodillada en la tierra pensé en la plata que con las gallinas se me moría, recé y, es cierto que fue un padrenuestro como recortado con machete pa’ terminarlo rapidito, pero es que adentro mis chiquillos se hicieron oír a los gritos, y yo me dije: –luego, luego me ocupo de los animales. La mariposa negra la encontré después, cuando ya mi niño pequeño había comido y yo seguía embelesada mirando que quizá volvía a ser el mismo y el camino echaba a enderezársenos. Pensaba que ya estaría por regresar mi Danilo, que era tan buen muchacho y estaba río arriba desde hacía tres semanas jornaleando y que, ya todos juntos y con el pequeño echando a decir palabras otra vez, podríamos pensar en regresar a la finca, en sembrar comida, en olvidar y vivir bien. Pero los planes del pobre son siempre agua entre las manos.

Ahora, que la canoa está más cerca, los puedo contar. Viene ella, con su muchacho más pequeño agarrado a su mano. Vienen don Ciro, don Rogelio y un par de mujeres afuerinas, además del motorista y el joven que es su ayudante. A esta distancia ya se alcanzan a distinguir los ojos en cada cara. Son todos ojos mansos, cansados. Los de Doña Ruda no, los de ella tienen algo de ese fuego suyo que se parece bastante a una rabia que no duerme. –No, no es rabia padre, es dignidad no más, me dijo el día que nos llegó la amenaza de esa gente y yo le mencioné lo que veía en su mirada. Si los ojos de ella están todavía encendidos, a lo mejor los muchachos, que no los veo porque deben estar tendidos en el fondo de la canoa, vienen heridos. A lo mejor son un charco de sangre revuelta con agua del río, pero sangre de vivos. Por eso nosotros trajimos las bestias, para llevarlos más adentro, donde los indios, a los mejor –¡Dios quiera!– ellos pueden salvarlos todavía.

Cuando escuché que me llamaban con tanto afán, fue que me vine a acordar de la mariposa. Antes de atender la puerta, fui a ver en el rincón al lado de la cama, ahí estaba, donde creí verla antes. Era gorda, grande, negra, fea como la muerte a destiempo. El muchacho parado en mi puerta no dio rodeos, dijo que él mismo los había visto, pero que si alguien le preguntaba él iba a decir que no. Que esa gente llegó al Tajo y reunieron a todos los trabajadores, que eran mi Danilo, y otros más. Dijo que cuando él logró irse, estaban todos vivos, asustados pero vivos. Como si corriera rapidito al contármelo, dijo que en cuanto se embarcó y empezó a bogar para no hacer ruido con el motor, escuchó los disparos. Antes de que se me escapara él y la esperanza, lo agarré fuerte del brazo y lo obligué a meterse en mi casa. –Voy a buscar a los papás de los otros y nos vamos ya para el Tajo, usted nos va a llevar.

Desde arriba del barranco alcanzo a sentir como una ráfaga de miradas por encima de mi hombro, miradas esquivas de la gente del pueblo que van dirigidas a la misma canoa que yo miro. Aunque quiero voltear a ver, aunque quiero gritar que vengan, que bajen a ayudarnos a recibir a los muchachos, no lo hago; aquí, donde a veces todo vale nada y parece que hasta Dios dejó de cuidarnos, ya sabemos que cada cual decide a qué precio apuesta su vida y, según llegó dicho en la lancha de ayer, es la vida lo que se juega cualquiera que se meta con los muchachos que estaban en el Tajo. De cualquier forma, debí exigir que trajeran los niños de Doña Ruda. A lo mejor ella mira con insistencia a la playa buscándolos, pero su comadre dijo que no, que esos niños se quedan encerrados en su rancho hasta que la misma Doña Ruda vaya por ellos, que ahí están bien, alimentados y protegidos, ¡Dios quiera! Padre nuestro que estás en cielo…

Si alguien me brinda un café o una aguapanela cuando desembarquemos, puede ser que consiga agarrar fuerzas pa’ lo que falta, que no es poco. Menos mal mi niño pequeño no es de buen comer, y le había llenado la panza esa mañana antes de irnos al Tajo, además, por el camino otro de los pasajeros algo le dió. De subida íbamos todos callados, no se escuchaba más que el motor, porque los rezos, cada uno los iba desgranando en sus adentros. Luego, mientras caminábamos por el monte, tenía yo la mano pequeña anudada a la mía, la sentía mojada, pero no sabía si el sudor era de mi niño o mío. Caminaba y caminaba sin mirarlo, me daba no sé qué imaginar que si cruzaba mis ojos con los de él, tan chiquititos, iba a preguntarme algo que yo no sabía contestar y, que vino a resolverse después de una hora de andar entre el monte y los cultivos. No sé qué irían rumiando en su mente los demás, mientras caminábamos yo solo pensaba en cómo iba a interceder por mi Danilo, qué palabras iba a decirle al que hiciera falta pa’ explicar que él era un buen muchacho, que no se metía con nadie.

… No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén. Libra del mal a los muchachos, líbranos a todos y haz que la amenaza no sea cierta, que no sea verdad que esa gente viene bajando, “limpiando” según dicen ellos. Dime Padre nuestro que antier estuviste en el Tajo, que los muchachos están bien porque tú los protegiste, dime que en el momento preciso no miraste a otro lado. Padre nuestro que estás en el cielo, baja, baja tantito pa’ que no estemos siempre tan desamparados.

Cuando llegamos al Tajo, lo que vimos se parecía a lo que quedó de mi marido y los vecinos: charcos rojos sobre el verde encendido de esas matas. Un muchacho por aquí, otro por allá, ninguno conocido; es que los cosechadores vienen de cualquier lado, y no hay forma de saber dónde duermen los dolientes de estos muertos. Don Ciro, don Rogelio y yo, corrimos cada uno a buscar su hijo, esperábamos encontrarlos vivos, o no encontrarlos y así poder fantasear con que hubieran tenido suerte y se hubieran escapado. Yo corrí entre las matas y cuando me vine a dar cuenta en mi mano no llevaba la del pequeño y, ya no supe si al seguir corriendo buscaba a Danilo o al otro. Al final los encontré a los dos: el pequeñito de pie mirando al otro, a su hermano grande tendido en el suelo. De los demás, entre esos los de don Ciro y don Rogelio, dieron razón las mujeres que fueron saliendo de su escondite entre el monte. A unos los tiraron al río, y a los otros los enterraron ellos mismos en el asiento de un palo y gritaron duro pa’ que escuchara el que estuviera vivo: –si alguien escarba y los desentierra, en el mismo hueco va a quedar, y lo va a acompañar su mujer, sus hijos, sus nietos, sus sobrinos, sus amigos, sus vecinos ¡todos!

Bendito sea Dios, ya van arrimando a la orilla. Grito a los que están conmigo: –Vamos. Nos acercamos, atrás vienen las bestias. Yo intento encontrar los ojos de cada uno pa’ brindarles consuelo, pero ellos rehúyen los míos. De la canoa baja don Ciro, parece un trapo mojado. Ahora baja una mujer de cara hinchada y ojos unidos. Baja don Rogelio y se deshace en los brazos de su esposa que al mirarlo echa a llorar como niño perdido. Baja la otra mujer con su barriga de unos siete meses y yo, ya frente a ellos con el agua en los tobillos, veo, a los pies de Doña Ruda, un muchacho, un solo muchacho cubierto de arriba abajo con hojas de plátano. Ella sigue inmóvil dentro de la canoa: firme, dura, como árbol viejo. Su hijo, el más pequeño, aferrado a su mano me mira, yo le extiendo mis brazos para sacarlo por encima del cuerpo: –Mijo, venga mijo, ¿quiere bajar? Ella me mira con sus ojos fuego: –No padre, no le va a contestar, mi niño es mudito.


© by Ana Karina Delgado.