• El pez que camina

ARDE EN LA HOGUERA

Updated: Oct 10, 2018




Todos nosotros estábamos allí. Apiñados contemplábamos el espectáculo de las llamas alimentadas por el fuelle en que se había convertido la puerta abierta de par en par y por esa boca desdentada que era ahora la ventana. Las llamas se alcanzaban a reflejar en nuestros ojos, en los de los paisanos de siempre, los vecinos que mirábamos como hipnotizados recibiendo el bochorno en la cara. Ella no estaba, ella ya nunca estaba por ahí y, aunque esperábamos anhelantes para verlo, él aún no aparecía.

Sostenido sobre sus pies casi en punta, como quien va a echar a andar de repente, estaba entre nosotros el Pardo con su pucho flácido que apagado le colgaba del labio. Miraba el fuego y revolvía sus bolsillos sin prisa: los del pantalón, la camisa a rayas, el pantalón otra vez, hasta que algún otro, no supo quién, puso la llamita chica delante. Él aspiró con fuerza sin dejar de mirar al frente y vio que el humo que salía por su nariz se mezclaba con el otro, el negro, el espeso que salía de la casa hecha hoguera.


Al Pardo le habían dado aviso cuando apenas despuntaba el día y él, que amanecía con la caña mala por los muchos vinos que siempre trae la noche, tardó en percatarse que tras estudiar tanto el asunto y después de haber ideado tantos planes, para bien o para mal, en el momento definitivo él no había estado allí.


Unos minutos después cuando empezó la danza de los chorros de agua y el blandir de hachas, como un zumbido furioso se levantó entre nosotros un cuchicheo a la espera de lo que saldría en brazos del bombero. Lo imaginábamos saltando sobre el fuego como si fueran solo matorrales mientras intentaba encontrar qué o a quién rescatar.


–Si a la monga se le corta el elástico del calzón, ¿uno qué puede hacer, po'? –cuentan que dijo con sorna el Cufifo aquella vez que muchos quieren creer que fue la única.


Aunque también hay quien dice que él hablo de voluntad y hasta de cariño, todos sabemos lo que allí pasó ese día lejano ya. Quienes la vieron dicen que ella salió de la casa de él con esa cara que lleva siempre, la lleva indistintamente cuando va por el pan y cuando mira cómo desuellan un conejo. Iba igualita, con la expresión tonta de boca descolgada y ojos vacunos con la que llegó al mundo, como de que le faltan chauchas pal peso; pero en la ropa se le veía, y en el pelo más revuelto que cualquier día. Algo había en su postura que hacía pensar en la fuerza que debió usar él, pero quién sabe si hacía falta fuerza para embaucar a la Chascona, que así le decimos de cariño, nada de monga, de opa, de lesa, de merme, de asanjuanada. Ella es la Chascona, la de esos crespos indómitos que, aunque ya mida más de uno sesenta y su cuerpo recuerde al de una mujer normal, no deja de ser una guagua, porque la cabeza no le da para ser grande. Lo sabemos todos, y lo sabe el Cufifo, pero entre tanto vino, tanto pisco y tanto terremoto como si fueran fiestas patrias, el tipo no distingue entre una normal y la Chascona.

Cuando ella salió de allí, fue el principio de todo esto, algo así como la primera chispa, pero el heno estaba seco desde hacía rato. Gasolina en bidones éramos todos en el barrio.

El odio, el malestar por decir lo menos, ya estaba instalado desde hacía años, desde que él dejó de ser el Pedro y pasó a ser el Cufifo, el borracho eterno, el intimidante, el loco contrahecho que pareció incluso reducir el tamaño de su cuerpo con el pasar del tiempo. La ropa le colgaba como de un perchero y el sombrero se le fue hundiendo hasta cubrirle las orejas anchas mientras tomaba esa costumbre suya de ir por ahí conversando con el viento, peleándose furioso con fantasmas que solo él conseguía ver. Lo cierto es que él no fue nunca lo que se dice normal, pero sus rarezas se fueron acentuando tras la muerte de la Teresa, desde entonces, la casa donde ella tenía flores en macetitas y cortinas de colores se transformó en el tugurio de ese tipo oscuro en que él se fue convirtiendo.


Sí, ya estaba el malestar, pero si se tira el hilo de los pensamientos oscuros que empezaron a crecer como maleza en la cabeza de muchos hasta llegar a la otra punta, lo que uno encontraría es la estampa de aquel día: la Chascona sostenida con dificultad en el marco de la puerta de la casa del Cufifo, ahí, justo debajo de la ventana donde antes estaban las macetitas de la Teresa; su cara tonta de siempre, la ropa puesta en desorden y su mano subiendo con desgano el tirante del vestido que después de quedar sostenido fragilmente sobre el hombro, volvía a deslizarse hasta el codo. Fue justo entonces cuando las ideas aquellas germinaron entre nosotros, así era, aunque no llegáramos a decirlo más que en medio de la calentura de la indignación.


La otra estampa de ese día que todos recordamos sin dificultad, es la del Guatón caminando en círculos frente a la casa del Cufifo, abría y cerraba los puños con fuerza sin notar en sus nudillos los rastros de sangre. Una enorme fiera enjaulada era entonces el Guatón. Para ese momento ya le había roto la costilla y le había tirado al suelo los dos dientes de adelante que luego harían más espantosa esa risa suya. Después de tanto gritar y decir, las palabras al Guatón ya no se le agolpaban en el pecho. Solo caminaba y miraba a los carabineros que auxiliaban al Cufifo y le apuntaban a él, ¡a él! que era el padre de la Chascona, de la víctima como empezamos todos a llamarla. Imposible saber quién llamó a los pacos que temiendo que hubiera un linchamiento enfilaban sus armas hacia nosotros, los que solo mirábamos con rabia y espanto.


Los amigos del Guatón también estaban allí, dos pasos detrás de él, como un pequeño ejército listo para desenfundar las armas a la orden del general. Así estuvieron desde ese mal día los cuatro, en guardia, y así siguieron durante el juicio y en la cana, incluso el Pardo, que a pesar suyo solo vio el fuego cuando trataban de extinguirlo, como nosotros.


Pero eso fue después. Lo que pasó al principio fue que la familia de la Chascona, y todos en el barrio confiamos en que los pacos se lo iban a llevar, que iba a dar con sus huesos a un calabozo. Y se lo llevaron, pero a una blanca cama de hospital durante una buena temporada mientras el Guatón, hecho aún esa fiera colosal, iba de oficina en oficina denunciando aquí, firmando allá, aullando desde su lugar en la fila, exigiendo el juicio, la cana vitalicia, la horca.

Se abrió una causa judicial y empezó una investigación que nunca averiguó ni lo que todos decíamos a gritos y, entre tanto el Cufifo se paseaba por las calles del barrio, y cada tarde se dejaba ver por el bar antes de atrincherarse en su casa.


Con la evidencia de que la justicia más que ciega es cuadripléjica, un vegetal vetusto que se mantiene con vida conectado a la maquinaría que es la fe, o más bien la ingenuidad del pueblo, el Cufifo agarró más bríos. Cada vez que notaba la mirada inquisidora de uno de nosotros sobre su hombro, se daba vuelta y empezaba a gritar aquello de que su peor es na’, como empezó a llamar a la Chascona, iba a él por su propia voluntad, que se entendían bien, que se querían, aunque ella no fuera precisamente la Teresa. Y hay quien dice que era nuestro desprecio el que lo provocaba, pero luego empezaba a gritar que no hacía falta abrir mucho el ojo ni tener mucha calentura para ver que aquí, en el barrio, eran todas del ambiente. ¡Maracas! –gritaba– les voy a dar como a bombo un día de estos, eso le oímos decir con su media lengua de curao después de la lluvia de agua sucia que le cayó desde alguna ventana.


Aquella vez que el cabro chico del Félix consiguió su tajo en la frente, aunque no hubo quien pudiera sostener que la botella voladora que le dio en la cabeza había salido de la ventana del Cufifo, todos sabíamos que era cierto lo que el niño con la cara lavada en sangre decía. Nadie creyó aquello de que el cabro se había peleado con los del otro cerro, tenía que ser obra del Cufifo y, por eso otra vez nos juntamos todos frente a su casa, de nuevo hubo gritos e improperios mientras él se ocultaba en su madriguera.


A pesar de que el Cufifo fue haciéndose cada vez más silencioso, como hacen los culpables, temiendo que un mínimo traspié pudiera despertar al dragón que lo acechaba, en los pequeños corrillos que se juntaban en las esquinas se murmuraba que por muy suya que fuera la propiedad, por mucho que hubiera crecido allí y que llevara más de seis décadas pisando esas calles, lo mejor era que el viejo Cufifo se largara.


Mientras esperábamos pacíficamente que un buen día llegaran los pacos a sacarlo a garrotazos de su casa, los amigos del Guatón fueron fraguando otras ideas. Dicen que fue el Pardo quien primero habló de veneno como quien cuenta un chiste. Con el pasar de los días, cada vez que se encontraba con el Guatón y con los otros, dejaba caer como al descuido un nombre extraño y la descripción de una escena letal. Primero fue la ricina. Habló como un yerbatero de las arcadas, del insoportable dolor de carnes, el calor infernal, los pulmones hinchándose con líquido, la piel blanca, violeta, azul, la muerte. Luego fue el arsénico, la botulínica, el cianuro, el mercurio, las yerbas amazónicas y la belladona que podían conseguir en el puerto. Al Paco y al Luisito el asunto del veneno les resultaba un exceso cobarde y ruin, sugerían en cambio darle una golpiza épica, romperle unos cuantos huesos y dejarle claro al viejo que era hora de seguir vida lejos de todos nosotros. El Guatón escuchaba y bebía. El Guatón aguantaba; en la calle, en el bar, en la fábrica, en casa. Aguantaba la mirada tonta de la Chascona que según decían hablaba ya menos que antes y se iba poniendo muy blanca por el encierro, pues ya no conseguía siquiera que la mandaran a buscar el pan. El Guatón aguantaba la mirada lacrimosa de su mujer, la confundida de los otros cuatro hijos y la avergonzada que le devolvía el espejo cada vez que se lavaba los dientes o recortaba su barba.


Esa noche, la previa al día del fuego, estaban en el bar los cuatro: el Guatón, el Pardo, el Paco y Luisito. Ya juntaban varias botellas vacías y el Pardo estaba por empezar a hablar en lenguas gracias al alcohol, así que, sin más, se despidió, hizo rodar algún vaso al pasar y no se le vio hasta el día siguiente. Los otros tres estaban tranquilos, hablaban de los últimos chismes de la política y el box cuando el teléfono le sonó en el bolsillo al Guatón. Su mujer, agitada y temerosa, decía que el Cufifo había estado abajo en la calle, que estaba abrazando postes de tan borracho que iba y, que ella lo descubrió llamando entre quejidos a la Chascona frente a la ventana.

El Guatón apretó la mandíbula y musitó un tranquila flaca, ya voy. Cortó, dejó caer el teléfono en el bolsillo, ajustó sus pantalones un poco más arriba de la guata y, mirando sin mirarlos, les dijo a los otros que se iba, que el que estuviera dispuesto podía venir con él.


Lo que pasó ahí adentro solo lo sabemos de oídas y, claro, gracias a lo que en el juicio salió de boca de ellos mismos. Con el propósito de meterle el susto de la vida al Cufifo, llegaron a su casa, saltaron la verja y entraron por el patio, rompieron el pedazo de vidrio que colgaba en la puerta de la cocina y deslizaron el pestillo. Adentro debieron encontrarse lo que allí había todas las noches: el Cufifo bien curao con una botella a medio vaciar en la mano conversando con sus fantasmas. Imaginamos su sobresalto al verlos llegar. A lo mejor habrá tensado el cuerpo, apretado puños y dientes, pero al notar que el Guatón, el Paco y el Luisito venían tan envalentonados y, que seguro entraron rompiendo incluso lo que estaba ya roto, habrá intentado inútilmente salir para no enfrentarse a la ira contenida por meses del Guatón. En el barrio todos hemos imaginado la escena furiosa: las patadas en la guata abultada, una silla rompiéndose en su cabeza, puños y golpes de seis piernas y seis brazos como si vinieran de un bestia mítica.


En el instante previo a asestar una patada a las costillas o durante la inclinación necesaria para tomarlo del cogote y lanzarlo otra vez al suelo, el teléfono del Guatón debió caer y terminó alojado allí, bajo la estufa, donde encontraron sus restos chamuscados que fueron suficientes para saber a quién había pertenecido y llenar así los vacíos que nuestro silencio obstinado dejaba a los pacos y a los tiras.


Ellos, que no recuerdan haber encendido siquiera un pucho, dijeron en el estrado que la cortina, como por combustión espontánea, debió haber empezado a arder después de que ellos se fueron. A lo mejor el Cufifo estaba ya inconsciente o, quizá alcanzó a ver el infierno en que se convertía la casa antes de que se le apagara la razón. Dijeron que estaban seguros, las llamas aún no trepaban las paredes cuando los tres salieron por la puerta del frente dejándola abierta como la vimos todos un rato después.


Cuando la casa era ya esa hoguera de la que salía un bombero con el cuerpo del Cufifo hecho un fiambre en sus brazos, la Chascona no estaba ahí, porque ella ya nunca estaba por ahí. Todos nosotros sí, muy cerca unos de otros miramos impávidos y, lo único que nos ruborizaba era el calor del fuego que aún ardía.



© by Ana Karina Delgado.