• El pez que camina

LOS MUCHACHOS DE LA RESISTENCIA

Updated: Mar 18, 2019

Frontera colombo venezolana.

Campamento provisional barrio El Escobal, Cúcuta.

Febrero 2019



Dicen que fueron cientos, que fueron miles: descamisados, piedra en mano, furia en boca. Hoy son pocos los que caminan en fila entre los escombros y la tierra seca de la ribera del río Táchira, bajo el puente Santander. Sus caras están cubiertas: aquellos con camisetas atadas en la nuca, aquel con el pasamontañas traído desde Ecuador, los otros con las máscaras antigás que hoy ya no son necesarias. Se ven como los registraron las cámaras aquellos días de los disturbios, cuando, como dicen ellos: “guerrearon” contra la Guardia Bolivariana y los Colectivos.


Caminan, y mientras lo hacen van buscando y encontrando casquillos, caucheras, escudos improvisados y molotov listas para ser lanzadas. Van escarbando entre risas nostálgicas y fingen resguardarse una vez más tras los pilares del puente aun cuando hoy nadie dispara, no se despliegan nubes de gas lacrimógeno, nadie grita ni da órdenes, nadie hala el gatillo de las muchas armas esparcidas en la zona, callan los fusiles de miembros de las fuerzas regulares y legales de ambos países y las de todos los demás: los organizados, los no organizados, los de un lado, los del otro.

Tras los parapetos que ocultan las caras, las voces salen en sordina y en alguno se reconoce el tono agudo de la pubertad.


–Este era nuestro puesto de guerra, nuestro puesto de combate

–Mientras nosotros guerreamos aquí, no puede pasar otra gente, personas que no son de la resistencia, porque pueden salir lastimados.

–Nos escondíamos aquí, acostados en el piso.

–Es que los muchachos de la resistencia no tenemos miedo. Aquí, la última guerra que tuvimos nos bolearon plomo de allá pa’ acá y aquí estamos.


Desde el intento de llevar la ayuda a Venezuela pasan los días muy cerca de ese lugar donde hasta hace poco pelearon con hondas, bombas molotov, papas, aturdidoras y niples. Ahora, con la cara descubierta, se reúnen en un terreno triangular que antes de su llegada hacía las veces de lavadero de carros y ahora es un campamento temporal que reúne a los que no pueden regresar a Venezuela, a los que están a la espera, a lo que temen cruzan las trochas.


–Hay imágenes de nosotros batallando por la libertad que tienen en los canales [de tv] chavistas que pasan nuestros retratos como si nos estuvieran buscando, como si fuéramos unos asesinos, unos delincuentes, y qué dice abajo: traicioneros a la patria. Yo no me reconozco como traicionero a la patria. Yo amo a nuestro país.

–Yo también.

–Todos.

–Y por esa razón es que estamos aquí y hemos aguantado todo esto.



Güarimberos les llaman, los muchachos de la resistencia, dicen ellos. Las güarimbas no son una estrategia nueva en Venezuela, esta dinámica de cortes y atrincheramiento eran frecuentes en los 80s y 90s, pero eran de izquierda “los muchachos” de entonces. Los del 2014 y los de hoy están en la orilla antichavista. Para unos son héroes anónimos: la vanguardia de las manifestaciones; para otros: delincuentes, agitadores, vándalos.


Por las calles de Cúcuta también se rumora. Junto a los puentes internacionales, entre el bullicio y la multitud siempre en movimiento, entre los gritos de: compro oro plata cabello, a Ureña a Ureña, Bogotá Bogotá directo sin papeles, hay quiénes ven a "los muchachos" como luchadores, quienes se preguntan en realidad quiénes son, si les pagan por poner el pellejo en las manifestaciones, si son unos delincuentes.


–Octava brigada comando de mar. Sargento primero antiguo. Yo fui militar. Me deserté. También [fui] güarimbero, de la güarimba del 2014. Yo soy blanco militar, tengo orden de captura. Es que para ellos nosotros somos terroristas.


Andy, llamémosle Andy, dice que cuando era soldado era frecuente que muchos de sus compañeros de brigada no regresaran después de una acción militar, dice que volvían los sargentos, pero nadie daba razón sobre la tropa que los acompañaba. Andy habla de narcotráfico, dice que hay más droga dentro de los cuarteles que en la calle.


–Yo hice llevar fotos y evidencia al ministerio de justicia y al tribunal militar. Y ¿qué fue lo que hicieron? Lo quemaron y me encarcelaron dentro del cuartel. A veces, uno por hacer un bien se hace mal a uno mismo.


Recuerda que no temía convertirse en el mismo tipo de persona que sus mandos, ni terminar muerto. En ese entonces Andy era cristiano y confiaba en que el destino es potestad de aquel dios.


–En los cuarteles llegó un momento que el presidente mandó a quemarle la biblia a todo el mundo, eso fue lo que más me decepcionó para terminar de abrir mis ojos. Al ver eso, al poquito me dieron un permiso y me fui. Ahí salí de mi país, caminando [llegué] hasta Ecuador. Allá tengo mi trabajo: trabajo reparando celulares.


Andy dice que vino a la frontera, en Cúcuta, para participar el 23 de Febrero del intento de paso de la ayuda, y para sacar de Venezuela a su compañera y su hija de nueve meses que están aún en el otro lado del puente. Por ahora está con los demás muchachos que, según los censos internos, deben ser aproximadamente unos 200 en el campamento improvisado de El Escobal donde frecuentemente llegan autos particulares de donde descienden venezolanos en el exilio llevando alimentos, agua y medicamentos.



José, llamémosle José, dulce y menudo, vino caminando desde San Cristóbal a Cúcuta también para participar de aquel 23F. José tiene 21 años y en Venezuela confeccionaba ropa que vendía en el lado colombiano del puente.


–Yo a esta edad debería estar haciendo las cosas que los chamos de mi edad hacían cuando yo tenía 10 años. Yo debería estar preocupado por las notas de una universidad, de disfrutar con mis amigos, pero ahora me tengo que preocupar por cosas como si tuviera cuarenta años.


José vuelve a mencionar el pasado en esa medida fija: “hace diez años”. Esa es la Venezuela que él quisiera, la de una década atrás, cuando, dice él, quien trabajaba podía comprar lo que quería, tenía cómo pagarlo y aquello estaba disponible para ser adquirido.


–Estoy esperando a ver qué se sabe, tanto para ver si me puedo quedar aquí, o si puedo recibir una ayuda de Colombia o, pues ya irme tranquilo a Venezuela, porque ahí es donde yo vivo.




Por el mundo dieron vuelta las fotos y videos de lo que pasó al final de febrero en los puentes internacionales que unen y separan a Colombia y Venezuela. Aquellos días se dijo: orden de Maduro, atacar camiones de ayuda humanitaria; se dijo: camiones incinerados por los colectivos, el tirano bailó mientras sus secuaces quemaban comida y medicinas. Hoy tras la publicación de una investigación de The New York Times se dice con más cautela: al parecer fue la misma oposición quien accidentalmente prendió fuego al camión. En un video difundido y explicado por The New York Times se ve como un manifestante, uno de los muchachos, lanza una bomba molotov hacia las fuerzas de seguridad de Venezuela, pero el trozo de tela que lleva el fuego se desprende de la botella y cae sobre uno de los camiones. En el campamento provisional, los chicos, con o sin la cara cubierta aun lo cuentan con la narrativa de aquellos días:


–Nosotros íbamos pacíficamente en las gandolas, íbamos montados, tratando de pasar. Nosotros no llevábamos piedra, ni bombas molotov, ni nada. En ese momento lo que hicimos fue correr pa’ atrás, y ahí si empezamos a buscar piedras.

–Ellos se acercaron poco a poco. Nosotros en ese momento corrimos pa’ atrás. Ellos nos tiraban gas lacrimógeno. Cuando estábamos ahí, nosotros gritamos: “van a quemar las gandolas”. Cuando salimos adelante para arremeter, ya la habían prendido.

–Eso lo incendiaron con material de nuestra guerra, o sea con material que nosotros mismo podíamos utilizar, que son las bombas molotov. Ellos lo usaron para inculparnos a nosotros, para decir: ellos están guerreando, eso lo hicieron ellos.


Las acusaciones vienen y van como los ríos de gente en la frontera. Y mientras los migrantes transitan; mientras en Venezuela la energía eléctrica desaparece y el mundo espera una resolución de película para la crisis, algunos siguen detenidos junto a los puentes internacionales: hacen ollas comunitarias, conversan, esperan. Junto al puente Simón Bolívar un muchacho abrazado a las vallas que impiden el paso dijo que esperaban que cayera el tirano, otro murmuró que esperaban armas. Otros esperan una noticia, alguien que diga que está todo bien, que nadie los busca al otro lado.


–Lo que nosotros pedimos es que nos consigan lo del refugio, que nos den el nombre de refugiado.

–Asilo político, dónde restablecernos, algo. No tenemos nada.

–Porque no es cómo están diciendo que nos daban 20 millones por estar aquí en la frontera. Si tuviera esos millones no estaría aquí.

–Dicen que nos pagan, pero aquí estamos, haciendo cola, a merced de lo que traigan [de donaciones] Básicamente estamos en Venezuela.

–Qué plata nos van a dar, lo hacemos por la libertad de nuestro país, chamo.

–Ninguno de los que estamos acá queremos estar acá. Todos queremos salir de acá, sea a Venezuela, o sea a traer nuestras familias y buscar un mejor lugar para poder ver a nuestros hijos crecer, y esperar que mi país se vuelva a componer.



Esperan. Los muchachos esperan lineamientos que no llegan, noticias que no los incluyen. Esperan las voces de la oposición. Esperan los pronunciamientos de Guaidó. Esperan por el Grupo de Lima, por Estados Unidos. Esperan. Y cuando alguien menciona otras opciones, cuando alguno dice “dialogo” hay risas tensas y bromas:


–Cuál dialogo, eso son puras mentiras, hay es que sacar a ese carajo.

–La única cosa que nosotros queremos es que Maduro salga y vaya preso.

–No, que lo maten.

–Eso, que lo maten.


Los muchachos esperan y piden por una guerra, por una intervención espectacular que haga volar el Palacio de Miraflores. Los muchachos parecen no saber qué porción de un pueblo pone los muertos en una guerra. Los muchachos caminan bajo el puente Santander ante la mirada lejana de los agentes del ESMAD (policía antimotines colombiana), van pateando piedras y recordando los pasados días de enfrentamiento. Del otro lado del río está la Guardia Bolivariana. Del otro lado, está Venezuela.



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© by Ana Karina Delgado.