• El pez que camina

ZEINA, O EL DICCIONARIO BASICO PARA ESCOLARES



A este problema que a lo largo de los años he bautizado de muchas maneras, hoy me doy la licencia de llamarle “disfunción idiomática” con la misma risa socarrona con la que mencionamos la “discapacidad capilar” de los pobres calvos. Quien sabe, a lo mejor para las víctimas de mi problema actual un buen día haya un sticker para pegar en el panorámico de los carros y así obtener un lugar especial en los parqueaderos.

Para fortuna mía estoy en esta parte de África donde los rezagos de la colonia y las visitas al otro lado del mediterráneo han hecho que una parte de la población hable algunas palabras en español. Algunos, incluso, hablan un bello español algo arcaico. Otros, uno fluidísimo lleno del sabor cubano que les quedó tras años de vivir allí. A otros les tocó el español con las formas y los acentos de las provincias de España. Con muchos de estos y con todos los demás, los que solo hablan hassanía o hassanía y algo de árabe, mi problema suscita la encantadora necesidad de encarar los vínculos a través de otros medios que amortigüen la carencia total de palabras o lo reducido de las disponibles. Aquí las miradas se me han vuelto determinantes, los gestos –que a lo mejor no leo correctamente– los olores, los colores, la textura y el gusto de las comidas. Con Sal, el guardia civil del protocolo que algunos –no sé si en juego, no sé si en serio– llaman loco, hablamos tan solo dos o tres palabras cada uno de la lengua del otro, pero nos tomamos de la manos, él acaricia mi pelo mientras yo leo y nos abrazamos como viejos amigos cuando, después de un par de días lejos de Smara, nos vemos; y con algunas de las chicas jóvenes, que se muestran muy silenciosas frente a hermanos o padres, intercambio miradas furtivas entre las melfas.


Desde que llegué hasta hoy, he aprendido algunas palabras en hasanía y en árabe, a veces no sé si se trata de una u otra lengua. Las escribo todas, en la mayoría de los casos fonéticamente para recordar y poder usarlas cuando las necesite. No solo escribo las palabras que aprendo, lo escribo todo: los nombres, los lugares, lo que sucede día a día y las emociones que todo me suscita. Mi memoria tiene la fragilidad de un futuro enfermo de alzhéimer, por eso escribo, por eso tomo fotografías, porque temo olvidar algo, temo olvidarlo todo.



Algunas palabras las aprendí muy pronto y no las he olvidado, otras, aun cuando las escuche muchas veces, no consigo almacenarlas de forma duradera. Se decir gracias (chukran) y de nada (afán), aunque aquí la manía por agradecer y pedir disculpas no es tan obsesiva como en Colombia. Se decir gato (Much), hay muchos por aquí, a Mahoma le gustaban, me ha explicado alguien cuando comenté sobre ellos y la ausencia de perros. Se decir yala (vamos) que los saharauis repiten muchas veces de repente, están tranquilos tomando el té, sin ninguna prisa y, de pronto: “yala yala”, es hora de irse, probablemente a hacer el té en otro lugar. Conozco Insha’Allah (ojalá, si dios quiere) bard (Frio) y lma (agua). Puedo decir “es igual” (kif kif) Se decir grande (kibire) y problema grande (muchkila kibire) Se saludar: salam alekun. Se decir pan, vaso y tetera (Jobs, kes, barrad) Se decir fotos (sowar) que es la palabra que más escucho a mi alrededor cuando vago por ahí con el ojo en el visor y el dedo en el obturador de la cámara.


Se decir algunas cosas, entiendo unas pocas. Un niño me enseñó a escribir mi nombre en árabe y he descubierto que me llamo Yo Karina, en árabe yo, suena y se escribe como Ana, Ana Karina, Yo Karina. Nunca resulta muy lindo el dibujo que hago de mi nombre, pero he tratado de repasarlo con mi dedo en la arena cada vez que recuerdo cómo dibujarlo.


En El nido del Bubisher, la versión sedentaria del Bubisher (Bubisher es un ave de la badía que se asocia con las buenas nuevas), la biblioteca itinerante de los campamentos, después de ojear algunos poemas saharauis le di un mirada, que creí que sería rápida, al Diccionario básico español-árabe editado en Castilla – La Mancha para docentes que pudieran encontrar en sus aulas algún chico árabe. Pasé largo rato ojeando los dibujos para preescolares intentando pronunciar y memorizar los números, los días de la semana y los colores. Decía que de acuerdo a la forma básica en que estaba construido el diccionario, debía pronunciarse la Z a la española, la X como una CH, la CH como una Y, y la H como una J. Así que mi chukran, sería XUKRAN, el sol XÁMAS y el calor HARR.



En el exterior de este mismo lugar, del Nido del Bubisher, otro día cualquiera, una bella niña que hace poco reencontré y descubrí que se llamaba Fatimetu, trató por varios medios de conversar conmigo a pesar de mi "disfunción idiomática" e indicarme, según creo haber entendido por sus señas, dónde estaba su casa, que llevaba dinero para comprar en la tienda y que luego volvería con su mamá. Fatimetu, tomaba mi cabeza entre sus pequeñas manos y me gritaba al oído con fuerza palabras en hassanía intentando inútilmente que yo entendiera. Ella se impacientaba y se reía de mí, o conmigo. De repente miró hacía un lado y la luz de la tarde que cayó sobre su cara reveló una fina capa de arena en su piel y sus largas pestañas, se veía bellísima; recordé la palabra y la llame Zaina, que es algo así como guapo, bueno, bello. Ella se río y me llamo zaina de vuelta, y de repente nuestra conversación, inicialmente desencontrada, se convirtió en una larga repetición de lado y lado de la única palabra que ambas entendíamos y con la que nos halagábamos: zaina, zaina, zaina, zaina, zaina, nos decíamos entre risas mientras nos acariciábamos las mejillas.



Febrero 2014. Smara, Campamento de refugiados Saharauis en el sur de Argelia

© by Ana Karina Delgado.