• El pez que camina

LOS HIJOS DEL MONTE (I)

Updated: Jun 28, 2018




I

Mi tío Cañitas

El paso lento de la mula era azuzado por el viejo. Él la halaba con fuerza mientras miraba en derredor temiendo corroborar, en la negrura del monte, la aterradora posibilidad de encontrárselos detrás de cualquier ceiba. Al principio, cuando la abuela le dio la bendición y le besó las manos, Cañitas iba sentado como un jinete, apaleado pero digno y con el espinazo derecho. Al poco tiempo de andar alejándose del pueblo, la cabeza se le fue descolgando sobre su pecho como si la sostuviera sólo un hilito y daba tumbos largos a cada paso de la bestia.

Más arriba del arroyo, los oyeron antes de verlos. Eran dos y, aunque hablaban en susurros, sus voces llegaron hasta los oídos del viejo, quien se detuvo en seco y sintió la cabeza de la mulas casi rozando su espalda. Volvió la vista hacia Cañitas tratando de decirle con los ojos que se mantuviera callado, que no respirara, él sólo levantó un poco la cara y no musitó palabra. Rodearon a los dos soldados que estaban conversando mientras hacían la guardia, ellos no se dieron cuenta que el que andaban buscando pasaba casi entre sus piernas.


Cañitas parecía una masa de carne que vibraba; el viejo le tocó el pecho y la barriga, ardía consumido en fiebre. Con esfuerzo trató de bajar a su hijo para tenderlo en el suelo, pero mientras lo hacía, temió que después de acostarlo sobre la tierra no le alcanzaran las fuerzas para volver a ponerlo sobre el lomo de la bestia. Tomó una cabuya larga que tenía en la cintura, amarró al muchacho con fuerza a la mula y se alejó, monte adentro. Cuando volvió, la mula lo miraba con reproche, él bien sabía que no son estúpidos esos animalitos, debió pensar que la había dejado ahí, abandonada con un muerto amarrado a las costillas.


El viejo le dio a mascar unas hojas a Cañitas y otras se las frotó con fuerza en la espalda; el pañuelo húmedo se lo puso en el amasijo roji-negro en que había quedado convertido su ojo de tanto golpe que había recibido.


Andaron y andaron entre la maleza renegrida gracias a que la luna era sólo un cachito. Subían y bajaban, y a veces el viejo sentía que entre los árboles había ojos mansos que los miraban andar. En un momento alcanzó a sentir el golpe amargo del olor de las hojas de coca siendo tostadas, seguro no estaba lejos un caserío de los indios, seguro los vigilaban al pasar por sus tierras, en silencio, sabiendo que huían. Las trochas fueron duras y el camino fue largo, pero finalmente el viejo consiguió que al amanecer arribaran a Fundación, otro pueblo en las estribaciones de la sierra. Desde allí, así estuviera medio muerto, Cañitas tenía posibilidades de recuperarse para seguir solo el camino a Barranquilla, a donde debió llegar; aunque ni el viejo, ni nadie, volvió nunca a saber de él.



Esa misma noche, abajo, en el pueblo, la puerta de la casa del abuelo se abría de un golpe fuerte de culata. La abuela se desmayó y el muchacho, aquel que ese día muy borracho se había alojado en la casa, vio los fusiles frente a su cara. Gritaban, daban órdenes y hacían retumbar sus botas sobre el suelo. Al muchacho lo halaban con fuerza hacia afuera hasta que la voz femenina sonó más fuerte que la de los hombres.


–Ese no es mi hermano, el que llevan ahí es Tomás: el matarife. –¿Entonces dónde hijueputas está el Cañitas?


Al día siguiente la abuela agarró a su hija y a los niños, uno de 12 y otro de 10 y huyeron a la finca, lejos del pueblo.




Allá donde yo me crié, en esa época los del pueblo éramos todos guerrilleros, eso decían ellos, por eso no podíamos usar botas de caucho, tan útiles para los trabajos del campo, porque el que las usaba era un guerrillero declarado y cargaba con la suerte de uno en un lugar y un momento donde la cacería contra los muchachos de la guerrilla estaba en marcha y hacía que todos en el campo tuviéramos una diana pegada a la espalda.

Yo no era un guerrillero, era aquel niño de 10 años. Mi tío Cañitas tampoco lo era, pero decían que sí, que él sí. A él se lo llevaron los soldados junto a otros tres del pueblo. No sabíamos más. Había un teniente que se había enamorado de mi tía, la profesora del colegio. Entre sus frases y promesas de amor, el teniente le dijo a mi tía que su hermano, mi tío Cañitas, estaba siendo torturado, que seguramente lo matarían porque estaba ya tan maltrecho que no convenía entregarlo, por los derechos humanos y todo eso. Nosotros, los más pequeños, no oímos la noticia que traía la tía, pero el peso de la información se sentía por toda la casa. El abuelo agarró tanto papel como pudo y se fue de casa en casa por el pueblo haciendo que la gente pusiera su firma en la línea punteada para exigirle al ejército que entregara a los hombres que se había llevado de sus casas. Con las firmas bajo el brazo, el abuelo consiguió que un señor lo sacara a la carretera troncal en su camioneta, luego se subió a un bus y finalmente llegó al Batallón La Popa.


–En su pueblo no hay ejército, señor, lo que hay en el pueblo suyo es guerrilla.


Eso dijeron los del Batallón, pero todos veíamos al ejército desde hacía más de seis meses. Después del último ataque que la guerrilla le había hecho a la policía, el ejército entró y tomó el mando. Veíamos helicópteros que levantaban remolinos de tierra cuando se elevaban o aterrizaban y soldados que andaban armados por las callecitas sin pavimentar.

El abuelo volvió a la casa con las manos vacías, pero mientras la abuela y la tía lloraban con desconsuelo, las firmas debieron remover algo entre el ejército. Yo imagino la llamada desde el batallón hacia el mando en el pueblo.


– Suelten a los civiles ¿me copia? La orden de La Popa es soltar a los civiles. –R, R. –debía sonar desde el otro radio en medio de nuestro campo.


Eran alrededor de las cinco de la tarde cuando los vimos bajar. A mi tío Cañitas lo traían como un trapo viejo colgando entre cuatro soldados. Extendieron el papel en el que decía que lo recibíamos sano y salvo, sin rasguño alguno, el abuelo o alguien firmó mientras mi hermano, dos años mayor que yo, fue corriendo por la mula. Nosotros lo sosteníamos desde abajo y yo miraba con insistencia su cara, ese bulto negro oscuro que debía ser su ojo. La abuela torció con un sólo movimiento el pescuezo del pollo y lo puso a hervir para darle un caldo de esos que “levantan muertos”. Otra vez la voz del teniente se oyó en el oído de mi tía, le dijo que debían sacarlo esa misma noche, que si se quedaba los soldados lo matarían haciéndose pasar por paramilitares o lo que fuera, pero que seguro mi tío no llegaba vivo al amanecer.

Esa época en la finca fue dura, los adultos de la familia no podían bajar al pueblo, porque era riesgoso; a lo mejor los capturaban, los llevaban presos y ya no los volvíamos a ver. Así que a nosotros, a mi hermano y a mí, nos tocaba hacer los mandados y buscar lo que hiciera falta. Los soldados, que habían quedado tan molestos por lo de Cañitas, que de un momento a otro se esfumó como un fantasma, habían agarrado la casa, nuestra casa en el pueblo, como base militar. En esos días comenzó el asedio a nosotros, los más jóvenes.


–¿De dónde viene?, ¿para dónde va?, ¿a quién le lleva eso?. ¿Disque a su casa llegó la guerrilla? –No, no llegaron. –Sí llegaron porque nosotros sabemos.


Y a veces era cierto, sí llegaban. Los soldados lo presionaban a uno hasta que le tocaba hablar.

–Sí, pasaron por ahí. –¿Cuántos pasaron? –No, no sabemos cuántos


Todo eso pasaba y uno iba creciendo viéndolos a ellos, a los soldados, como unos enemigos. Cuando mi hermano tenía ya sus 16 años, tomó la decisión y se fue para el monte con otros seis muchachos del pueblo. Ahora sí era cierto, éramos la familia de un guerrillero. Ese era un secreto que debíamos guardar para evitar que aumentara la persecución contra nosotros, pero la inteligencia militar funciona, ellos ya sabían en qué andaba mi hermano, así que todos nosotros éramos objetivo militar. Mis tíos estaban reseñados como milicianos, ya ninguno podía bajar al pueblo. Parecía que no había más camino que el que mi hermano había tomado, no tardé mucho en tomarlo también yo.


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Agosto, 2017

Pondores, Guajira, Colombia

© by Ana Karina Delgado.