• El pez que camina

DEL FUTURO




Hace nueve días salí de los campamentos de refugiados Saharauis en Tindouf (Argelia) y, siento que no solo la continuidad de mis textos quedó interrumpida, todo quedó como suspendido, yo misma suspendida; sobre mi cabeza creo que flota, como un globo de helio, una copia de mi cuerpo que huele a incienso. Todo lo tengo aún por contar, todo por mostrar. Las notas caóticamente tomadas en varios cuadernos arrugados y en cientos de imágenes hechas con las cámara esperan un poco de calma para ser organizadas. Mientras tanto la otra parte del viaje sigue, aunque este miedo a la enfermedad del olvido cada tanto viene a zumbarme en el oído como una ambulancia que perdida rodará en círculos alrededor mío.


Justo ahora que trato de evadir la corriente de frío que se alcanza a colar en el hall del aeropuerto pienso en la finísima arena que sobre el asfalto baila como si fuera fuego, como si fuera humo. Pienso en el interior de aquella jaima enorme y luminosa que con ambas puertas abiertas dejaba ver pasar a los vecinos; pienso en ese bebé que de seguro ya nació en casa de Galia, un saharaui más, otro que engrosa la lista de los nacidos en los campamentos, lejos de casa.


Del futuro... y otras historias de miedo, así debería titularse este o algún texto, uno que consiguiera contar que lo que quizás hace más dura la vida en los campamentos de refugiados saharauis hoy, es la desesperanza por lo venidero. ¡No futuro! parecen decir algunos saharauis con sutiles gestos, con pausas silenciosas, con palabras desganadas: Para qué, si luego aquí en los campamentos no hay nada que hacer, me dijo un chico joven cuando le pregunté si quería seguir estudiando. ¿Para qué? Y claro, lo que el mundo necesita de sus mezquinos moradores a lo mejor no es conocimiento enciclopédico, diplomas, tal vez ni siquiera destrezas técnicas, operativas y artesanales. Lo que es necesario puede ser otra cosa, pero sea cual sea, debería tener su motivación en la certeza del porvenir, en la sospecha de que un poco más allá de este día se avecina uno más; que esto que hago hoy, sea cual fuere el resultado, tiene un eco en otro tiempo, en mañana.



¡No futuro! diría alguien que es eso que se respira en los campamentos. No futuro aquellos que se alejaron por más de una década de su familia y su pueblo para formarse académicamente en Cuba, en Polonia o en la más cercana España y que hoy, en los campamentos, apenas si han podido ejercer y utilizar laboralmente sus conocimientos. No futuro los estudiantes de la escuela donada por Venezuela (Simón Bolívar se llama la escuela) donde los chicos estudian con el modelo cubano para continuar su formación profesional en Cuba o Venezuela, proyecto hoy represado por las débiles economías de sus padrinos latinoamericanos. Frente a este panorama, los estudiantes se ven enfrentados a la dificultad de seguir estudios en Argelia donde necesitarían haber estudiado árabe o francés en lugar de español, y donde además les haría falta cursar un año más para lograr la equivalencia del modelo educativo. No futuro los saharauis que resisten y luchan en medio de las represiones del ocupante y del olvido de los poderes internacionales. No futuro los soldados. No futuro las madres, las esposas. No futuro aquel que cada tanto vende lo que tiene para ir a buscar una porción de trabajo al otro lado del Mediterráneo. No futuro el pequeño comerciante. No futuro el carnicero que vende la carne de ese camello que comió encerrado en un corral. No futuro el mecánico que con partes de recambio prolonga la vida de los viejos Mercedes de motores robustos que resisten la hammada, de los clásicos Land Roverd y de las camionetas. No futuro las mujeres que cada vez ven más reducidas las ayudas humanitarias como coletazo de las crisis en la Unión Europea. No futuro la diplomacia. No futuro la causa saharaui, bien podría decir un ingenuo, ¡pero sí que hay futuro! Sí hay certeza del mañana, una certeza abrumadora. Los saharauis saben que regresarán a su territorio plenamente liberado, no saben cuándo ha de suceder, pero saben que pasará. No existen muchos atisbos de certeza sobre el porvenir practico: el laboral, financiero, educativo y tantos otros empezando por los referidos a las necesidades básicas, pero la victoria de la causa, la liberación y el retorno es una certeza que creo sentir en todos. Hay futuro en un pueblo que hizo habitable “el infierno”, que vinculó a sus tribus dispersas para luchar juntos contra el colono y luego contra el ocupante. Uno que ha conseguido la proeza de construir un estado, organizarse política y administrativamente en un campamento de refugiados.


Aunque en el aire se siente la zozobra, este –no tengo dudas– no es un pueblo sin futuro.


– Ojalá la próxima vez nos veamos en L’Aaiün liberado, dijo alguien, dijeron muchos. Inshallah.


Marzo 9 de 2014 Aeropuerto Orly París

© by Ana Karina Delgado.