• El pez que camina

ASUNTOS DE FAMILIA (O LAS CHICAS BUENAS DUERMEN SIEMPRE SOLAS)



Galia asegura que existe un animal legendario llamado Sad, una serpiente producto de la cópula entre un águila y un zorro. Yo también estoy segura que existe el Sad. Aun cuando no entiendo su descripción en hassanía y nadie se dispone a traducirme con detalle, lo imagino un dragón portentoso, como ese que debe esconderse bajo la arena en la badía dejando al aire parte de su lomo escarpado que, mirándolo sin mucha atención, nos hace creer que es un galb, un corazón-montaña. El Sad, como Galia, debe tener un ojo enturbiado por grises nubes de otros tiempo, como una de esas esferas de cristal en que las brujas de las historias de mi infancia leían el porvenir. Yo trato de ver con atención el ojo de ella sospechando que lo que hay adentro no es lo venidero sino historias de ayer, de tiempos mejores, de las tierras que recorrió con sus camellos, de la lluvia y las plantas, del sol que tuesta, historias de antaño.


Galia, está siempre en su jaima de interior azul. Vista desde la puerta frontal suele estar del lado derecho, al fondo. Al otro lado está tendido Sidi, su callado esposo. Yo, sentada o tendida con el costado sobre un cojín, descanso a su lado, la escucho embelesada y miro sus manos hechas enmarañados nudos por la artritis girar las cuentas del tsbeh, (rosario musulmán) mientras murmura los nombres de Allah. La piel de sus brazos y su cara están teñidos de negro por los colorantes de sus melfas siempre negras, o al menos oscuras. El rededor de sus ojos, que a veces miran por encima de mi cabeza aunque se que es a mí a quien miran, en ocasiones está maquillado con el color de la henna. Galia siempre está allí. Sidi en cambio se levanta para rezar cinco veces. Ella siempre está en su lugar sentada, conversando, viendo la tv o jugando al sick, un juego de mesa o de suelo en este caso, que se juega sobre una duna de arena en la que se dibuja un camino por el que avanzan los hijos (las fichas) de cada uno de los equipos; se lanzan, como si fueran dados, unos palos con dos caras, cada una de un color, y se avanza matando por el camino a los hijos ajenos.



Las vidas de todas los miembros de la familia parecieran satélites que giran alrededor de Galia y de Sidi, como si el interior de su jaima fuera una bóveda celeste, la jaima azul celeste. Alrededor de los dos ancianos hay hijos, nietos, sobrinos, primos cercanos, lejanos y lejanísimos. También hay tíos y vecinos, que aquí son parte de la familia. En su jaima, incluso yo me siento en casa; ¡que suerte la mía! suerte de encontrar amorosas familias putativas por donde paso.


Acompaño a Fati, una de las jóvenes hijas de la jaima-celeste a hacer sus labores, que van desde alimentar dos veces al día a las cabras, cocinar dos veces a la semana y limpiar hasta ver pasar el tiempo en la jaima. Conversamos sobre su matrimonio, que será en Abril, sobre todas esas tradiciones que en su familia son tan importantes, que ella asume que son igualmente determinantes para todos los saharauis. Hablamos del amor, de los novios, no hay novios aquí –dice– aquí solo te casas. Se lo pensó un poco y se retractó, sí hay novios pero esos solo los tienen las chicas que no son buenas y que no llegan inmaculadas a su matrimonio, donde el novio verificará si tiene “aquello”, dijo Fati, sin llegar a hablar fluidamente alrededor del sexo y sin encontrar la palabra apropiada para “eso” que dicho de esta manera parece ser un objeto, una cosa grande y redonda que el esposo sacará con cuidado del cuerpo de ella, verificará su legitimidad con ojo de experto y luego de aprobar con un gesto, pondrá a un lado. Hay que vivir un poco, dijo refiriéndose a lo que vendría para ella cuando se case.


Con la sobrina de Fati, que está por tener su primer hijo, volvimos al tema y las dos estaban indudablemente de acuerdo en que casándose se alcanzaba un enorme grado de libertad, se quitan de encima la vigilancia de los padres y sobretodo, de los hermanos, aunque lo hacen para cuidarnos, cuidarnos de los hombres que son malos –dijo Fati.


En mi casa putativa, mi jaima putativa, he conversado con el joven que acaba de llegar de estudiar medicina en Cuba, he tenido conversaciones ininteligibles con Galia, he espiado a hurtadillas a Sidi, he tomado infinidad de veces el té, y he hecho el intento de prepararlo pero mis profesoras de té suelen impacientarse después de que al intentar hacer espuma derramando de un vaso a otro el contenido de té desde muy arriba, mi torpeza deja la bandeja-mesa inundada con un charco color miel. En mi jaima putativa duermo, como, y sueño con un enorme Sad cabalgado por una joven Galia de ojos brillantes y manos firmes y ágiles como las patas de un insecto legendario.



Febrero 2014. L' Aaiún, Campamento de refugiados Saharauis en el sur de Argelia

© by Ana Karina Delgado.