• El pez que camina

VIAJE AL CORAZÓN DEL DESIERTO (I)


Tras un par de aplazamientos, me espera la ruta al sur, más de 900 kms bien al sur, a Agüenit, en el corazón del desierto, del desierto de verdad, del Sahara. En Rabuni, campamento donde se ubica la administración de la RASD y sus distintos ministerios, esperamos. Todos esperamos, los periodistas argelinos, los arqueólogos vascos que van a Tifariti, incluso los mismos saharauis esperan. Nadie sabe bien qué esperábamos, solo lo hacemos. Saldremos cuando salgamos. Yo espero con la calma que me da haber conseguido entrar en el ritmo Saharaui, este del siroco que agrieta todo dejando una patina de arena hasta lo más profundo de la nariz, el del té espumoso, el de los hombres tendidos bajo mantas viendo la tv y conversando, el de las mujeres sobre la alfombra riendo y charlando, el ritmo de otro tiempo, de otros tiempos. –Cambiar ritmo– dice Hasana constantemente en su balbuceado español.


Después de tres estaciones militares Argelinas, por fin los Saharauis a bordo de la carava están en su tierra, por fin no son extranjeros, exiliados, extraños a los que se ayuda con un pedazo de hammada (desierto pedregoso, el desierto del desierto).


Este es El Desierto, así, en mayúscula, porque lo es por antonomasia, es el legendario Sahara que rápidamente noté tan lejano de las ideas occidentales asociadas a esta geografía. ¡Está vivo! Crecen por aquí y por allá taljas, (acacias del desierto) de formas caprichosas acompañadas de arbustos rastreros. A veces atravesamos bastos messereb (llanura de piedras sueltas) que se me antojan compactas autopistas naturales, luego, lo que parece un bosquecillo de taljas, pero es en realidad un wed, un río, en medio del desierto, un río sin agua. Cuando llueve, estos surcos se llenan de agua, a lo mejor ahora que no ha llovido en tres años, el agua está también allí, solo que no consigo verla, quizá sola la ven los beduinos y los iniciados. He visto dbaba (plurar de dab, lagarto del desierto) que son pequeños dragones de unos 40 centimetro, negros y brillantes que emiten un sonido seco con sus resoplidos y que salen de sus madrigueras cuando el calor más azota. He visto serpientes agazapadas entre las rocas; bubisher, el ave de las buenas nuevas y cuervos posados elegantemente entre las espinas de las taljas. He visto vida, un poco de la vida del desierto.


En mis períodos de silencio en el auto ocupado por los chicos de la televisión argelina y el conductor Saharaui, me comía el desierto con los ojos, con la nariz. A veces arena amarilla, a veces blanca, a veces wed y massared, a veces lechos de piedras negras, a veces un rebaño de camellos a los lejos. Y mientras miraba, iba pensando en militares enanos, en la muerte de un beduino, en camellos voladores, en la sed, en un frig (campamento de varias jaimas) viviendo durante tres meses sin agua, solo con la leche de camella; pensaba en manos pintadas con henna lavando los cacharros con fina arena, en hombres orando cinco veces al día en dirección a la meca. Mientras miraba, pensaba que la libertad a lo mejor no es hacer lo que te de la gana, es levitar a contraluz con el atardecer al frente levantando una espesa nube de polvo; es el infinito, la vista que no encuentra donde detenerse.


Al anochecer llegamos a Tifariti, una base militar que está muy lejos de la imagen que esta expresión haría en un colombiano promedio. Es una bella casa de adobe con varias habitaciones con cojines disponibles para los visitantes. Tifariti es un poderoso símbolo de la resistencia saharaui, alguna vez fue un pueblo construido por los españoles, fue bombardeado y tomado por Marruecos y finalmente liberado por el Frente Polisario. En este mismo lugar, mi amigo y guía, vivió su vida militar hace ya tiempo, por allá por el 92, un año después del alto al fuego. Su trabajo y el de su pelotón era velar por el sostenimiento de ese alto al fuego, monitorear el muro, detectar focos de espionaje en los alrededores, ya que desde el principio del conflicto, todo el mundo árabe, a excepción de Argelia, es pro–Marruecos, cualquiera podía ser un infiltrado. Heme aquí, ¡por fin en el desierto!



Febrero de 2014. Tifariti, Sahara Occidental. Territorios liberados por el Frente Polisario.

© by Ana Karina Delgado.