• El pez que camina

ELLOS DIALOGABAN ALLÁ Y NOSOTROS PELEÁBAMOS ACÁ

Updated: Jun 28, 2018


“A partir de las 00:00 horas del 20 de julio próximo, debe cesar toda acción de carácter ofensivo contra las fuerzas armadas del Estado y la infraestructura pública y privada”, decía Iván Márquez (nombre de guerra) líder guerrillero desde la Habana, en el 2015.

Para ese 20 de Julio ya habían muerto unos 26 guerrilleros en un operativo militar, razón por la cual, las FARC levantó la tregua anterior. Se había secuestrado y liberado a un general en aguas del Chocó; se había atacado un puesto de policía en Gorgona, aquella isla que fuera una memorable cárcel desde finales de los 50 hasta 1984. Para entonces, hacía ya un tiempo que se había reiniciado un cese al fuego por parte de las FARC, cese que ellos mismos rompieron con lo que algunos llamaron una atrocidad, una emboscada, una contraemboscada, un asalto: 10 soldados muertos y otros 21 heridos, todos tendidos en el polideportivo de un pequeño poblado en Cauca. Junio de ese 2015 fue, según estudiosos, el mes más violento por acciones de las FARC desde que la guerrilla y el gobierno se sentaron a hablar en la Habana. 83 acciones violentas, 9 incendios a vehículos de carga y pasajeros, 4 emboscadas, 3 asesinatos, 24 hostigamientos a puestos fijos de la Fuerza Pública, 21 explosiones intencionales, 17 de ellas contra la infraestructura de hidrocarburos, vial y energética. Para aquel julio, mucho petróleo se había derramado ya en el Putumayo, y aún quedan las manchas negras en los caños y arroyuelos.



Allí, en el corredor Puerto Vega-Teteyé, como un enorme gusano, se ve una hilera larga de tractomulas estacionadas en la carretera rumbo al Ecuador, que sigue siendo de tierra aunque pasan por allí toneladas y toneladas de dinero en forma de petróleo. Los enormes grifos se abren y el chorro espeso cae a borbotones. El suelo empieza a oscurecerse con una mancha que se va derramando por los costados de la carretera. La mancha llega hasta las primeras hojas verdes que circundan el camino, se sume en el suelo, avanza y se deja caer en el arroyo donde vive el espíritu de los indígenas Nasa y los kofán. Cae el petróleo al suelo y a la selva frente a los silenciosos conductores de las tractomulas y la mirada lejana de los guerrilleros que, fusil en mano, dieron la orden de abrir las válvulas.


El crudo ha caído en la tierra, en el agua y en los animales muchas veces: miles y miles de barriles, decenas de miles de galones, millones de litros. Manchas negras corriendo por la red fluvial de los ríos Putumayo y San Miguel; ríos vivos que se navegan, se beben, se pescan. Y no sólo el petróleo caía a causa de los fusiles de las FARC, también cae durante las tareas cotidianas de producción y de exploración de las grandes empresas petroleras que, como los mismos habitantes de la región han podido comprobar, vierten sus aguas residuales en los caños y quebradas: en el San Miguel, El Diamante, el Mochilero, Buenos Aires; cae el agua envenenada en los humedales y en las lagunas.


El 7 de Julio de 2015, muy temprano en la mañana, otro gusano enorme de 12 tractomulas avanzaba pesadamente sobre la vía Mansoyá – Santana, en área rural del Putumayo. Al frente y paralelo al gusano avanzaban los soldados de la Brigada de Selva Nº 27 en sus motocicletas, cuando, de repente, estalló un bola de fuego adelante y las balas empezaron a zumbar de lado a lado. Unos iban con la misión de abrir, una vez más, las válvulas. Los otros, también fusil en mano, iban para impedirlo.


La caravana, como una bomba a punto de estallar con su carga inflamable, se detuvo y los conductores, acostumbrados, como si de las películas del lejano oeste se tratara, salieron a rastras de los camiones y se lanzaron al suelo tan lejos como pudieron.

Los asaltantes desde un alto disparaban mientras los otros, ya desmontados de las motocicletas, martillaban sus fusiles tendidos en el suelo sin que la panza tocara la tierra. Seguramente entre el zumbido de las balas se alcanzaban a escuchar retazos de voces, instrucciones aquí, insultos allá, solicitudes de auxilio, –le dieron a uno, socio le dieron; gemidos de dolor, –se siente como si una abeja te picara, poco más y luego viene la sangre manchando el uniforme entero.

Sonaba el bum bum, y allí caían unos heridos, más allá uno murió con el radio a su lado. Para cuando llegaron los refuerzos del ejército, los guerrilleros ya no estaban, pero faltaba uno: un soldado.



–Yo estuve en esa balacera. Nosotros lo cogimos a él y lo pusimos en una moto, estaba herido. La herida era en un brazo. Lo cogimos y no lo amarramos, aunque teníamos desconfianza, porque uno no sabe; pero entonces dijo el camarada: –no, no lo vamos a amarrar, déjelo suelto, está herido. Que el guardia vaya ahí pendiente.


–A partir del momento en que caímos en la emboscada y tuvimos el combate, yo pelié (SIC). El pelado que murió, era mi radio operador, él murió peleando. Yo era para que no estuviera vivo. En el momento en que yo caí herido fue porque no pude cargar más el fusil. A mí me hirieron fue porque yo de pronto levanté mucho el brazo en el momento que estaba haciendo el cambio de proveedor, a partir de ese momento el fusil cayó y yo trataba de cargarlo pero no pude. Ya cuando vi, tenía la guerrilla encima mio.


–El estado mayor central de las FARC-EP informa que el subteniente Christian Moscoso Rivera, perteneciente a la Brigada Selva Nº 27, de la Sexta División del Ejército Nacional, como resultado de los combates entre las FARC-EP y el Ejército en la vereda El Líbano, (…) está en poder del Frente 32. Las heridas que presenta no registran gravedad y se le está prestando la asistencia médica necesaria, le hacemos un llamado al Gobierno Nacional para detener los operativos de búsqueda y así evitar un desenlace que ponga en riesgo la vida de dicho oficial, al tiempo que los invitamos a poner en marcha los protocolos pertinentes para la pronta liberación del subteniente.


–Él nos contó que pensaba que nosotros lo íbamos a matar, porque allá donde el batallón de él, le cuentan que somos unos terroristas, que nosotros no respetamos la vida de otros soldados. Nosotros no somos así. Nosotros lo cogimos ese día y le dimos comida. Mire, dormía más bien que un guerrillero. Nosotros como guerrilleros dormíamos en el suelo en un cocoito de hojas, el toldillo, la toldillera y ya. A ese soldado le trajeron colchoneta, unas tablas que nosotros mismos tuvimos que cargar, cuatro tablitas, y donde arrimábamos, cortábamos los tacos, los poníamos, y arriba un palito atravesado y la colchoneta encima. Recibía su comida: refrigerio, desayuno, la cena, tinto; todo.


–Ellos me decían que me iban a curar, que me iban a tratar. Que cuando ya estuviera bien, me entregaban. Yo no les creí. Yo simplemente les decía que si me iban a matar, que me dejaran en un lugar donde mi familia me pudiera encontrar. Yo sangré mucho. Al segundo día nos tocó pegar una caminada como de 14 horas y yo sangraba mucho. Hubo un alto donde hicimos un descanso y allá, ella me quitó las camisetas y fue y me las lavó. El día anterior también me había lavado la ropa, porque (la ropa) estaba toda ensangrentada. Eliana fue la que hizo eso. Independientemente de… ella también estuvo en el combate, ella estuvo también.



–Uno siempre dice que cada cosa tiene su historia. Las personas, las armas y más estos rifles, que son los privativos de las fuerzas militares. Hay unos que son “made in Israel”, otros “made in Colombia”, pero son privativos de ellos. Este fusil, el que yo tengo, tiene su historia. Este lo cogimos nosotros. Digo “lo cogimos” porque uno siempre habla en colectivo, lo cogimos en una acción militar que se hizo cuando cayó prisionero Christian Moscoso. No estoy bien seguro si era el que portaba Christian Moscoso o el que portaba su compañero, pero de uno de los dos era. Es lamentable ¿no? Contar esto, saber que hubo muertos de por medio y pues, es bueno resaltar, por lo menos, la valentía del hombre. Es que él se entregó porque, pues fue en una mano y ya no podía accionar más el fusil.


–Yo no puedo hablar de todos, porque yo no sé quiénes son ustedes, yo hablo de los que estuvieron conmigo, (esos guerrilleros) me dieron un trato digno.


–Nosotros escuchábamos noticias y él con esas ganas de escuchar también, porque uno le prestaba guardia a él y se daba cuenta: él ponía cuidado. Entonces nosotros le preguntamos que si le gustaba escuchar noticias y él dijo que sí, que normalmente lo hacía; entonces él nos propuso que le regaláramos un radiecito. Yo fui y le dije al comandante y el camarada dijo –claro. Le recogieron un radio a un guerrillero y se lo dieron a él. Cómo es la vida ¿si pilla? Ese radio se lo llevó él cuando lo entregamos. Él escuchaba todas las noticias; cuando escuchaba de esas balaceras y de los soldados muertos, él decía: –juepucha le están dando duro a los soldados ¿no? Pobres de mis soldados –decía él. Nosotros no reíamos, ni decíamos nada, calladitos. Yo sólo le decía: sí, claro, es que esta es una pelea.


–Este fusil no era mío, era de otro muchacho, se lo dotaron a él y luego lo recibí yo. Es que en las FARC nadie tiene fusiles, nadie es dueño, nosotros “portábamos las armas” y las portábamos muy bien portadas. El arma para uno es la vida y por eso se cuida y se protege, porque un fusil, por ejemplo este, toca tenerlo bien tenido, primero que todo porque ha costado vidas humanas.


–Cuando supo que iba pa’ afuera, él se despidió: –chao muchachos. Nosotros le hicimos una pregunta, un muchacho del (frente) 32 le preguntó que él qué haría si se encontrara a uno de nosotros, los guerrilleros, de civil en el pueblo. Y él le dijo: no, normal, le daría la mano –eso dijo Moscoso. Y entonces el guerrillero le dijo: confiese, no sea guevón –así le dijo el guerrillero, en confianza. Entonces el soldado le dice: –yo le daría la mano– volvió y le repitió, y el muchacho que no. Yo no sé cómo quedarían ellos con ese tema.


–Yo creo que los de la Habana podrán darse de cuenta de las armas que están bajo su custodia y que hemos dejado en los contendores: son armas bien tenidas, ¿por qué? Porque el guerrillero las cuida bien, se las dotan y tiene que cuidarlas. De pronto el comandante decía: –Venga le reviso el fusil a ver cómo está. Entonces si estaba muy sucio, y varias veces se repetía eso, pues entonces, lógicamente, quería decir que no merecíamos cargarlo: ¡Venga para acá ese fusil! –decía el comandante– y se lo daba a otro muchacho que fuera aseado. Porque si tiene pereza de cargarlo entonces hay que dárselo a otro, otro lo carga, lo cuida bien, lo limpia y lo mantiene bueno. Es sencillo, si no lo cuidas, se empieza a dañar, pero en nuestro caso no podíamos esperar a que se dañara, porque era una guerra y el fusil lo necesitábamos bueno.

Eso era así en el tiempo del conflicto, ya hoy en día los limpiamos para mantenerlos y verlos bonitos, y para que cuando los vayan a derretir no les salga tanto lodo [risas].



–Lo tuvimos como un mes, o menos, yo creo. Nosotros no podíamos conversar con él, nosotros ahí en el campamento y él allá, como si estuviera en su caleta. Él pensaba que nosotros éramos distintos. Una muchacha se ganó su confianza, una enfermera; ella lo cuidaba, le daba, le hacía aseo, él la iba harto con ella. Él fue el último, el último que entregamos aquí en este bloque. En esos días, eran los días del proceso de paz, estaban dialogando en La Habana. Ellos dialogaban allá y nosotros peleábamos acá.



Ese día no hubo mancha de petróleo esparciéndose por la selva y los caminos, el combate, al final, lo impidió. Sin embargo el crudo sigue colándose por el monte y las aguas, se derrama después de que explota en el interior de una tubería improvisada para robar el petróleo y luego sigue filtrándose frente a los ojos de los pobladores, esos que en sus manos no tienen ningún fusil, sólo el azadón y la tierra.



–A partir de las 00:00 horas del 20 de julio próximo… sonaba la voz de Iván Márquez, desde la isla.


Al día siguiente de la liberación del que fuera el último soldado secuestrado por las FARC-EP, el 20 de julio, empezó un nuevo cese al fuego unilateral e indefinido. Un año después, el 26 de Junio del 2016, se firmaba un cese al fuego, esta vez “bilateral” y “definitivo”. Un año después de esta firma, en Agosto del 2017, se cerraban los contenedores que almacenaban las armas que los excombatientes de las FARC-EP dejaron y que serán desactivadas y destruidas.




NOTAS

La voz de uno de los excombatientes, que aquí se reproduce, fue oída en un restaurante de la Zona Veredal La Carmelita, en el Putumayo, a un costado del Corredor Puerto Vega-Teteyé donde él se dispuso a recordar los seis combates “duros” en los que participó y de donde salió ileso gracias a sus habilidades y al entrenamiento que recibió.

El otro excombatiente narraba su historia sentado a pocos metros de su nueva casa temporal, donde vive con su pareja y su bebé, en la que fue la Zona Veredal la Carmelita. Sobre sus piernas sostenía el fusil Galil con código de barras de la ONU que sólo un par de horas después depositó en los contenedores dispuestos para tal fin, y recibió a cambio los documentos que acreditan su dejación de armas, empezando así su paso a la vida civil.

Quien declaraba que el subcomandante estaba en poder del Frente 32, era Joaquín Gómez (nombre de guerra), comandante del que fuera el Bloque Sur y delegado de paz de las FARC-EP para las conversaciones con el Gobierno colombiano en la La Habana, Cuba.

La voz de Christian Moscoso fue tomada de los archivos del Informativo Insurgente, noticiero de las FARC-EP que circula en internet y que los medios colombianos e internacionales reprodujeron el día de la liberación del subcomandante. Su voz se confundía con el ruido de un helicóptero descendiendo a alguna distancia. Christian hablaba frente a las cámaras de las FARC pausadamente, como pensándose una a una sus palabras. Cuando terminó su declaración, a través de la cámara ubicada en el helicóptero en vuelo, se ve hacia abajo, al descampado, donde decenas de guerrilleros, vestidos de camuflado y con el fusil terciado, caminan y se despiden agitando la mano. Finalmente, desde abajo se ve, a contraluz, el helicóptero que se aleja llevando a bordo a Moscoso.



OCTUBRE DE 2017, PUERTO ASIS, PUTUMAYO


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© by Ana Karina Delgado.