• El pez que camina

APARECIÓ EL PERDIDO

Updated: Jun 28, 2018



En ese entonces yo era muy chiquito todavía. Andaba con mi papá y con unos amigos raspando coca, éramos raspachines. Estábamos trabajando en una parte que llaman La última gota; por allá había mucha coca en esa época. Estábamos en eso, cuando nos mandaron llamar y, al llegar a la casa, lo que encontramos fue gente uniformada. Uno cuando es civil, a veces, no sabe quién es quién ¿serán los soldados? ¿será la guerrilla? A nosotros doce, los trabajadores de esa finca, nos hicieron pasar al lado de dos uniformados que estaban sentados en el camino con sus armas largas. Nos llevaron a la casa y ahí estaba el que parecía el comandante. Era bajito, mechi parado, como aindiado, era el tal Cordillera.


–Aquí le traigo los guerrilleros, dijo uno.


Al lado del camino tenían a un muchacho amarrado, un muchacho que llamaban Tocayo, él tampoco era guerrillero, era arriero. Nosotros lo miramos y él nos miró, pero ninguno dijo nada.


–Ahora sí les tocó morirse, decía uno a cada ratico y, nosotros callados.


Nosotros no estábamos solos, eso ya tenían un pocotón de gente que habían agarrado. Mientras nosotros esperábamos a ver qué pasaba, desde la casa miramos cuando venía el viejo Buches bajando por el camino, estaba amanecido. Yo me acuerdo que vimos cuando uno de los uniformados le salió al paso y lo saludó, se puso a hablarle, le dijo:


–Nosotros somos de las FARC, venimos a ver cómo está todo por acá.


El viejo también le conversó, pero de pronto, el uniformado se volteó y le dijo:


–No hombre, usted está equivocado.


El tipo se giró el brazalete, y lo que decía no era FARC, decía AUC. Eran los paracos. El uniformado mintió a gritos:


–¡Se nos metió la guerrilla!


Y ahí quedó tendido el viejo Buches por las balas que le llovieron. Casi enseguidita también quedó tendido el arriero, el Tocayo. Ahí al frente nuestro pasó todo eso.

De repente empezó a llover y cuando nos hicieron cruzar para Morro Frío, el caño ya estaba muy crecido. Delante de nosotros iban paracos, detrás también. Uno dijo:


–Al que lo arrastré el caño toca matarlo, porque eso es para volarse.


Amarraron lazos y nos cruzaron. Cuando llegamos a la finca, al otro lado del caño, nosotros miramos que había muchos otros trabajadores, gente como uno que eran civiles, eran también raspachines de otras fincas que los habían agarrado y los tenían ahí amontonados. Uno de los manes esos, dijo:


–Formen todos aquí.


Pero uno siendo civil, qué va saber qué es formar, nosotros seguíamos parados ahí.


– Ustedes saben formar, ustedes son guerrilleros, ustedes saben esta maricada.


Eso decía él, pero como nosotros sólo nos amontonábamos muertos de miedo, empezaron a ordenarnos en tiras, así a lo largo, uno detrás del otro. Éramos bastantes, como unos 400, puros civiles: hombres, mujeres, niños. Yo estaba muy pequeño cuando eso, tenía por ahí 13 años y mi papá no me soltaba del lado de él. Entonces, uno de ellos dijo:


–Aquí tenemos un guerrillero que agarramos en combate y este sí los conoce a ustedes.


Entonces salió un man de una pieza, llevaba un pasamontañas, sólo se le veían los ojos.


–El que él toque, ese es guerrillero.


Pasó por la primera fila y nada, por la segunda y nada, por la tercera, y tampoco. Y cuando venía por la fila de nosotros, puso la mano y tocó a Caifaz, un señor que nosotros conocíamos. Caifaz, que era gago, o sea que hablaba así tatareto, de una vez empezó…


–No no… yo yo soy tra tra trabajador.


Y nosotros sabíamos que sí, él era arriero. ¿Pero quién habla por otro? Porque el que hable por otro, pues se muere ahí. A él lo pasaron al frente y el encapuchado siguió buscando. Ahí, cerquita de nosotros, él tocó a otro trabajador: un muchacho más pequeñito. Y uno de los tipo dijo:


–Bueno, van dos, pero yo sé que todos ustedes son guerrilleros.


A los dos que sacaron, los llevaron más allacito. El de la pistola se les arrimó, los miró y les dio plomo, así cerquita. Tas tas. Le dio al arriero y él cayó. Agarró al otro y, tas tas, le dio también. El tipo, el que disparó, se nos vino preguntando quién conocía a los finados, “¿quién conocía a esos perros?”, cuando de pronto, –por mi madrecita linda que es cierto– el arriero, Caifaz, se levantó. Los paracos empezaron a dispararle otra vez y Caifaz cayó pero cuando el tipo se giró, otra vez hacia nosotros, otra vez Caifaz se levantó. Después de muchísimos tiros, sí se murió el arriero, pero por el machete fue que se murió. Es que la gente decía que Caifaz estaba “cruzado” o sea que con brujería estaba protegido para que no le entraran las balas, eso dice la gente, pero uno no cree en eso. Después uno dijo:


–Tan guevón Caifaz, si yo estuviera cruzado, me hubiera hecho el muerto y con eso me salvaba.


Caifaz no se salvó.

Para cuando los paras se fueron ya había cuatro muertos, dos a cada lado de la quebrada. Esperamos más de una hora después de que se fue el último, no fuera que hubiera más en el camino. Al final decidimos que tocaba esperar hasta el otro día, si no bajaban otra vez los paracos, pues enterrábamos a los muertos.


Uno cuando esta chino le da miedo de todo. Yo esa noche ni dormí, ni comí, porque me imaginaba y volvía a ver la sangre, el machete, toda esa vaina; claro, uno se recordaba lo que había visto.


Como a las seis de la mañana del otro día se volvió a oir plomo y yo corrí a esconderme al monte, yo solo, mi papá se quedó en la casa. Pero como desde la casa se veía todo el camino, como a la hora empezó mi papá y la gente a gritar para que yo saliera, que ya se habían ido llevándose gallinas y ganados de la gente de por ahí, que había tenido que salir corriendo.

De allá más arribita resultó otro muerto. Es que Chucho no se quiso esconder en el rastrojo y pasaron esos manes y le dieron también. Ya eran tres muertos que teníamos en ese lado del caño. La gente que estaba escondida empezó a salir y lo que se veía pa’ todos lados era humo que salía de los ranchos a los que le metieron candela. Ahí fue cuando nos reunimos todos, los raspachines y la comunidad, y decidimos enterrar a los muertos, a los tres de ese lado. Yo ayudé a hacer los huecos.

Eso fue como en el 2000 en una vereda aquí en el Catatumbo. Esa fue la primera vez que miré gente matar, pero luego hubo más.

En esos días, uno sólo estaba trabajando, pero el que trabajaba para una parte, decían: “ese es guerrillero”. Si trabajaba para otra parte, entonces eso lo tildaban de paraco. Mejor dicho, de todos lados tenía que irse uno corriendo. Llegaban, y sin preguntar, lo mataban. Entonces uno se ponía a pensar “bueno, pero si yo no soy nada, si yo no soy nadie, ¿por qué me buscan para matarme?” La gente se cansa, uno de joven se cansa. Yo estaba muy chino en los tiempos de los paramilitares y eso pues fue muy duro, muy duro mirar todo eso. Fueron muchos los muchachos muertos. Muchas las veces que tocó correr entre el plomo, salir corriendo de aquí para allá y trabajar ya era muy difícil. A veces, uno perdía todo lo que trabajaba raspando, porque si le quitaban la mercancía al patrón, pues nosotros también nos quedábamos sin nada.


En esa época, de un momento a otro yo me fui, yo ya empecé a raspar solo. A mi papá no le gustaba raspar y se puso fue a arriar por su lado. Entonces yo me abrí con unos amigos. Cuando fuimos a trabajar a una finca por El Ventilador fue que conocí de cerca a los muchachos de la guerrilla, estaban ahí, acampando en la orilla de la finca. Esos días hablé mucho con ellos, iba a raspar y ya por la tarde hablaba con ellos. Después ya casi no iba a trabajar y me quedaba era conversando. Pero esa vez todavía no me fui con ellos. Fue después. Estábamos con los amigos, con El Curita, que era amigo del barrio, le decíamos así porque era malo malo y desde joven era calvito arriba, en la coronilla. Estábamos raspando por la India cuando otra vez nos sacaron corriendo los paracos y se formó una plomacera entre ellos y la guerrilla. Ahí fue que yo dije:


–Yo no trabajo más, yo me voy para la guerrilla. Una de dos: o me muero o no, pero … pero yo no voy a seguir corriendo más.


Yo quedé de encontrarme con ellos en un filo. Cuando los amigos empezaron a irse, a mí me empezó a dar como vaina, ahora yo me iba a quedar con gente que no conocía. Y el Curita estaba tristozo, yo también, y nos dimos un abrazo.



Cuando uno ingresa, lo primero es el curso básico, ahí es donde usted aprende todo lo que tiene que saber. Ahí le dan el fusil de palo a todos. Con ese fusil de palo, de mentiras, usted se embosca, anda de noche, con él le toca meterse al agua, para acá y para allá, embarrarse y toda esa vaina. Aunque sea fusil de palo, es como si fuera el de verdad, usted no lo puede dejar botado para nada. Es un entrenamiento. Uno todo el curso lo carga. Yo cargué mi palo como 4 meses. Unos lo cargaban así sin hacerle la formita, otros lo arreglaban bien arreglado. Y cuando uno ya se acostumbra a cargarlo, ahí si le pasan el fusil de verdad. A mí me pasaron una AK47. Un día, me llamó el camarada, el comandante, y me dijo:


–Tome este fusil.


Yo nunca había tenido un arma y cuando agarré yo ese fusil, a toda hora mantenía pasándole un chiro con aceite, limpiándolo. Pero eso es una goma del principio.

Así pasaron como cuatro años. Y un día me encontré con mi papá, yo estaba uniformado y todo. Él se sorprendió cuando me vio, no sabía nada de mí y había pensado que me habían matado por ahí.

Al tiempo también me encontré con El Curita, el muchacho del barrio. Nosotros íbamos pasando y él estaba trabajando, raspaba coca ahí en todo el camino. Él me vio y me llamó con mi nombre de antes. Yo le dije:


–Curita, lo que pasa es que yo me vine para la guerrilla. De pronto si preguntan en el barrio, dígales que yo me quedé por aquí, que yo conseguí una mujer y que estoy viviendo con ella. Dígale eso a mi mamá o a mis hermanos, pero a nadie le vaya a comentar que yo estoy por aquí ¿bueno? Por el bien mío, y por el bien suyo.


Nos quedamos como una hora hablando, hablamos hasta cuando dijeron que tocaba seguir.

Después, ya era diferente porque no pensaba regresar. Aunque sí, uno se recordaba de la familia, de los amigos, del barrio y toda esa vaina.





Hay gente que cuando suena el primer tiro, le da uno como temblor; gente que le da risa, gente que no hace nada, no habla nada; gente que a veces se queda como… como neutro, no responde a nada, no quema un tiro y al rato es cuando ya reacciona. A los otros, uno los ve ahí cerquita, uno mira al otro a la cara, el otro de pronto tiene un trapo amarrado en la porra y está echándole bala a uno. Es una cosa muy seria. O a veces uno escucha que le tiran algo por encima, una granada, y si uno no tiene cuidado lo matan y si uno no se sabe defender lo revienta por dentro.

Cuando ya uno mira que le están matando mucha gente, ya se asusta. Uno se tiene que controlar, porque si uno entra en el desespero, va a ser peor. Se hace uno matar, o lo hieren. Uno se tiene que controlar. Porque de todas maneras, de parte y parte es que se siente eso: ellos están asustados y uno también se asusta, porque nadie se relaja para pelear. Ellos tienen miedo y uno también. Eso no es fácil, darse plomo uno con otro no es como cuando se agarran las personas a pelear con palabras, que pueden decir: listo me cansé y ya. Es difícil y es triste.


Pasó tiempo y tiempo y tiempo, y uno como que quisiera saber de la familia. Yo muchas veces le preguntaba a la gente, me ponía a hablar con campesinos, civiles de por acá que conocen Cúcuta, les decía que yo quería saber de mi familia. Pero nada. Perdí número de teléfono, perdí papeles y toda esa vaina.


De mi familia vine a saber ahorita, hace poquito, cuando se empezó este proceso de la paz. Eso fue cuando estábamos por allá en los pre-campamentos y hablábamos de que íbamos a volver a ser civiles. Nos explicaban los acuerdos y decían: ustedes van a sacar cédula, van a tener papeles y toda esa vaina. Van a poder reencontrarse con sus familias. Pero yo pensaba: ya tanto tiempo, yo no sé si mi familia está viva o qué. De mi papá sí sabía, él aquí me vino a ver; él tiene otra familia y sabe lo que yo era.


Yo aquí empecé a averiguar y a averiguar y un día un muchacho me dijo:


–Por ahí le tengo el número de una señora.


–¿De quién? Yo no conozco a nadie.


Y me mostró una foto en el teléfono. A mí me parecía que ella era mi mamá, pero yo ya no me acordaba muy bien de ella.


–Llámela, pero sépala llamar. Aunque esa vaina va a estar muy duro porque hace tiempo que a usted no lo miran. Va a ser como si la llamara un muerto. Si sufre del corazón, la va a matar


Cuando ella me escuchó, se puso fue a llorar. También llamé a mi hermano y a mi sobrina. Es duro… Yo les dije que iba para allá. Pedí permiso y me fui.

Yo llegué donde quedé de encontrarme con mi hermano, él me pasó por el lado y no me reconoció y yo pasé por el lado de él y tampoco. Por el teléfono yo le dije:


–Yo estoy aquí.


–Pues yo también. Me dijo él.


–Yo tengo una camisa azul.


–Yo tengo una amarilla.


–¡Usted es el que está al lado mío!


Fue un encuentro muy bonito. La mamá ya esta viejita. La vieja se acabó mucho. Ella tuvo cinco hijos y pensaba que se le habían muerto tres. Pero cuando ya aparecí, ya tiene otro ánimo. Ya son sólo dos los muertos. Ellos no pensaban que yo volvía a aparecer. Pero volví a nacer, después de tanto tiempo, de 17 años que pasaron. Cuando yo voy allá, ellos me dicen que me cuide mucho y toda esa vaina. Ellos me escuchan a mí, pero es que ponerse a contarles cosas por cosas, no es fácil. Aunque ya no es un secreto lo que nosotros fuimos. Primero sí era un delito, salir yo, por ahí a la ciudad. Pero ahorita ya no.



Cuando me fui, mi sobrinita era pequeñita, ahora ella ya tiene un hijo. Es difícil. Tengo familia y amigos, pero no es lo mismo. En el barrio también supe de el Curita, el amigo aquel. Apenas le pregunté a la mamá, se puso a llorar.


–¿Lo mataron?


Me dijo que no, que está guardado. Está preso, por su hermana, el marido la iba a matar, entonces él se metió. No sé como fue la cosa. De todas maneras al chino se lo llevaron y él está allá en la cárcel. Él me guardó el secreto. Cuando mi mamá le preguntó por mí él dijo:


–Lo único que sé es que él tiene una mujer, se fueron a vivir no sé a dónde.


A mi familia, yo la reuní y les conté y ellos no me despreciaron. Es que yo pensaba que me iban a despreciar, que me iban a correr, pero no, me dijeron que bienvenido a la familia otra vez. Y me dijeron:


–De todas maneras usted ya vivió una experiencia y se respeta. Lo único es que usted no vuelva a seguir más en un proceso armado, ni nada de eso.


Yo les dije que no, que ya fue lo que fue.


Reincorporarse con la población civil no es fácil, porque piensa uno que va a ser despreciado por la sociedad, por muchos. Y mentiras. Uno habla con la gente y hay gente que lo quiere y quieren que uno les cuenta la historia, porque la historia de nosotros es muy grande. Uno se pone a contar la historia y nunca acaba, es la historia de lo que uno vivió.

Ahora puedo ir a ver a la familia, a los amigos. Pero yo llego allá y a los poquitos días yo me aburro, yo no encuentro cómo… En cambio aquí sí encuentro otra forma, yo aquí tengo mis amigos. O sea, nosotros aquí somos como una familia grande. Todo allá es muy distinto, en la ciudad es distinto.


Yo venía de allá de la ciudad. Cuando era niño yo estudiaba y trabajaba en una fábrica de zapatos. Luego fue que me fui, porque en la ciudad el trabajo es muy difícil.

Yo reconozco que soy de la ciudad, pero también soy del Catatumbo. Es que ya tengo más cancha aquí en el campo, que por allá en la ciudad. Me vine de la ciudad. Me vine a trabajar y resulté fue en la guerrilla. Pero ya aparecí otra vez.


Esto lo viví yo y lo vivieron muchos compañeros de nosotros. Nosotros tenemos hartas experiencias. Aunque todas son diferentes. Morimos unos para una parte, otros para otra. Unos recorrimos por aquí, otros por allá. Muchas historias, las vivimos diferentes, pero con el mismo objetivo.


Ahora lo que importa es lo que se viene, lo que vamos a vivir. ¿Cierto?


Enero de 2018

Tibú, Norte de Santander, Colombia


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© by Ana Karina Delgado.